Función pública

El psicotécnico

José García Domínguez
Si admitimos aquello de Ortega de que “yo soy yo y mi circunstancia”, habremos de concluir que Rodríguez es Rodríguez y cuarenta y cinco años sin dar un palo al agua. Sin opositar ni trabajar; es decir, sin cotizar un duro a la Seguridad Social ni por el Régimen General, ni por el de Autónomos, ni por el Montepío de Diletantes, ni por casualidad. Y si, ya en plan trascendente, también recuperamos al viejo Marx cuando advertía que “la existencia social determina la conciencia”, lo pillaremos todo a la primera. Vaya, que estaremos en condiciones de exigirles que no gasten tinta, neuronas, tiempo y papel timbrado en garrapatear una exposición de motivos para la Ley del Psicotécnico. Para qué, si aquí ya nos conocemos todos.
 
La diferencia entre un partido de gobierno y una partida en el Gobierno es la misma que existe entre un psicotécnico y cuatrocientos temas de Derecho Administrativo. Algo que, más o menos, viene a coincidir con la distancia en kilómetros que separa a la Escuela Nacional de Administración de París de la Agrupación Socialista de Coria del Río. Es decir, lo que va del qué hay de lo mío a las seis pruebas eliminatorias de cuando los catedráticos eran catedráticos de verdad; lo que hay entre el colócanos a tos y El Espíritu de las leyes de Montesquieu; los siete anillos de Saturno que median entre el ahora les toca a los nuestros y La Democracia en América de Toqueville; el leve matiz que separa Leire Pajín de Metternich, y a Jesús Caldera de Konrad Adenauer.
 
El felipismo, siempre tan tosco, acometió el asalto al Estado por la vía del cuarto turno, el procedimiento del butrón que idearon para privatizar la función pública. Rodríguez, más sutil, llega decidido a desamortizar el Leviatán con un test de fichitas de dominó y unos daditos; hecha la ley, hecho el psicotécnico. Dos métodos distintos, pero una misma lucha: combatir con el BOE en la mano contra el último resquicio para el merito personal que restara en el acceso a la Administración.
 
Vuelve la mediocracia. Rodríguez I, como Luis XIV, ha decretado que lo que quede del Estado va a ser él. Y que los militantes y las militantas dispuestos a asumir el sacrificio de ocupar un despacho oficial de por vida pueden reposar tranquilos. A partir de ahora, salvo el recitado de algún capítulo de El derecho a la pereza de Paul Lafargue, se acabó eso tan casposo de estudiar y memorizar para ser funcionario vitalicio. Nada, a poner unos palotes en el impreso, y para dentro todos. “Y seréis como dioses, compañeros”. Aún hay quien se lo atribuye a Nietzsche y no a Zetapé.
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