El primer Gobierno de Rivera

José García Domínguez

Como bien dice el profesor Victor Lapuente en su ya imprescindible El retorno de los chamanes, el cielo se toma por consenso y no por asalto. Siempre es así, por mucho que esa vieja voz, consenso, suene a claudicante chalaneo a oídos de los doctrinarios de todos los partidos. Desde aquellos airados intelectuales de la Restauración, tan duchos ellos en el muy temerario arte de echar gasolina al fuego, a los cabestros multimedia de las tertulias de hoy, la predisposición moderada es sabido que nunca ha gozado entre nosotros de buena prensa. Y sin embargo, eso tan denostado, la moderación, resulta ser lo único que funciona. No solo aquí, sino en todas partes.

Más que en otros sitios, en España siempre se espera de los políticos que hagan el salto de la rana. Y ese suele ser, también más aquí que en otras latitudes, el gran problema de los moderados. El honrado pueblo tiende a confundir con demasiada frecuencia las virtudes del gestor público con las del profesional del circo. Y el punto fuerte de los moderados, qué le vamos a hacer, nunca es ni la cabriola escénica ni el toreo de salón. El domingo asistí a la presentación del programa electoral de Ciudadanos en el teatro Apolo, el del Paralelo de Barcelona, algo decadente desde que Tania Doris y Luis Cuenca, su inseparable apéndice, hicieran el último mutis por el foro. Y lo mejor que se puede decir del acto es que en ningún momento se rozó, ni por asomo, la genialidad.

No hubo allí ni frases de deslumbrante brillantez, ni cosmovisiones de embriagadora originalidad, ni propuestas políticas preñadas de fulminante afán prometeico. Ninguno de los ponentes que, disciplinados, irían desgranando las distintas propuestas sectoriales del partido pronunció enunciado alguno llamado a pasar a los anales. Simplemente, ofrecieron prosaicas soluciones prácticas a prosaicos problemas prácticos. Eso fue todo. Si alguien esperaba emociones fuertes y el triple mortal con tirabuzón, está claro que se equivocó de calle. No había épica ni lírica, solo sentido común.

El mismo sentido común siempre dispuesto a negociar con la realidad que marcó la praxis política de los demócratas de Franklin D. Roosevelt cuando la otra gran depresión; el de los anodinos laboristas ingleses de Clement Attlee que repudiaron los deslumbrantes espejismos de la utopía en nombre de las pequeñas conquistas reales y concretas para la gente real y concreta; el de los aburridos socialdemócratas nórdicos que, en lugar de darse a los fuegos fatuos de revolución, prefirieron construir sin mucho ruido ese Estado del Bienestar que ha hecho de sus sociedades las más justas, libres, decentes y admirables de Occidente. Empirismo pactista en estado químicamente puro. Así será, en palabras de Girauta, el primer Gobierno de Rivera.      

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