Estatuto

El Preámbulo del fin

José García Domínguez

Acabo de descubrir por el prólogo –Moraleda dixit– del Estatut que el pueblo de Cataluña ha mantenido a lo largo de los siglos una vocación constante de autogobierno, encarnada en bla, bla, bla; y que, por tanto, queda muy clarito que los aborígenes de este rincón del Mediterráneo somos una nación. Aunque para mí tengo que, ya puestos, la broma resultaría mucho más lucida recitada de otro modo. Por ejemplo, tal que así: Una noche de insomnio, tomando unos cafeses bajo la luz de la Luna, Artur Mas y ZP, entre pitillito y pitillito, llegaron a la conclusión palmaria de que el pueblo de Cataluña a lo largo de los siglos ha vivido bajo prácticamente todas las formas imaginables de organización política; y que, en realidad, sólo hay una a la que jamás se haya acogido: la correspondiente a las naciones soberanas. En consecuencia, obedeciendo a esos antecedentes históricos no discutidos por nadie con dos dedos de frente, los parlamentarios catalanes proponen, la Comisión Constitucional del Congreso de los Diputados acuerda, las Cortes Generales aprueban y el pueblo de catalán ratifica que Cataluña es una nación.

Imposible, ojeando la entradilla de esa novela negra, no rememorar aquellas otras líneas gloriosas de Prat de la Riba, el padre de la ciencia ficción local: "Bajo el peso de la dominación romana, el espíritu de las viejas nacionalidades latía con fuerza; la unidad romana sólo existía por encima (…) La civilización y el imperio de Roma habían tapado las almas de las naciones dominadas, pero no habían podido ahogarlas, y bla, bla, bla". Y sin embargo... se mueve. Porque Cataluña no es una nación. No lo es al margen de que el chiflado de Prat encomendase su vida a ese sacerdocio; al margen de que el noventa por ciento del Parlamento regional diga misa; al margen de que Zapatero, ese irresponsable que algún día habrá de responder por sus actos, lo suscriba; y al margen de la fantasía grafómana de los redactores del Preámbulo. Pero también al margen de quienes sentencian que las naciones no existen. Porque sí existen; naturalmente que existen: las crean los Estados.

Son ellos, los Estados, los que engendran las naciones, y no al revés. De ahí que los rasgos eternos que los nacionalismos románticos –como el catalán– atribuyen a sus naciones imaginarias no sean más que colonizaciones retrospectivas del pasado, rapiñas sistemáticas de la memoria dirigidas por un orden político tan real como presente. Cataluña no es una nación. Pero podría serlo pronto, muy pronto. Antes de una generación, si toleramos que los nacionalistas asienten los cimientos de ese estadito que hoy les va a prologar ZP.
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