Estatuto gallego

El Preambuliño

José García Domínguez

Si de uno, que es hijo de gallegos, dependiera, el Estatuto de Galicia comenzaría con la letra y música de aquella canción que Georges Brassens dedicó a todos los imbéciles que son felices por haber nacido en algún lugar. Y si fuese doña Rosalía de Castro la llamada a tan alto honor, nada le extrañaría al mismo uno que la otra diera en encabezarlo con la célebre carta que remitió a su señor marido durante el año de Nuestro Señor de 1881. La misiva en que le notificaba al legítimo tal nueva como la que sigue: "Ni por tres, ni por seis, ni por nueve mil reales volveré a escribir nada en nuestro dialecto. Ni acaso tampoco a ocuparme de nada que a nuestro país concierna. Con lo cual él no perderá nada, pero yo perderé mucho menos todavía".

Por lo demás, que Valle Inclán habría saldado la papeleta estampando en letras de oro su juicio sobre el verbo propio de Breogán, nadie lo dude. "El gallego nunca fue idioma hablado. Así como el armenio fue la invención de algunos frailes, el gallego fue una creación de un grupo de poetas", sentenció don Ramón con inusual lucidez. Con esa misma lucidez que tampoco le habría de sobrar a Javier Arenas para llevar al BOE –y bajo palio– a la Asamblea Nacional Galega de 1918. Aquella magna xuntanza del hórreo tribal que, entre otras, reclamara la competencia exclusiva de censurar los mensajes telegráficos para el Estado soberano gallego.

En fin, preámbulos, ya se sabe que, haberlos, haylos para todos los gustos. Sin embargo, lo que no está tan claro es que haya en la botica de Génova el "estatus identitario" que se pide ahora Alberto Núñez Feijóo. Porque resulta que este Feijóo aspira nada menos que a ser como yo, a gastar el mismo farde germinal que servidor. Y hasta ahí podríamos llegar, amiguiños. Aunque, bien pensado, qué problema habría de haber en que el autogobierno de Galicia se fundamentara en los derechos históricos del pueblo catalán. A fin de cuentas, que todo aquel que vive y trabaja en Cataluña sea catalán no excluye, ni mucho menos, que todos los que viven y trabajan en Galicia también sean catalanes.

Porque es sabido que para ser catalán –el gran sueño inconfesado de este Feijoo– no hace falta haber nacido en Cataluña. Pero es que, en realidad, tampoco se requiere haber pasado nunca por aquí. Pues, a diferencia del estatus identitario, pongamos por caso, japonés, el catalán es una opción. Así, para ser catalán, basta con querer ser catalán, como no se cansan de repetir los catalanistas. Oiga, asunto resuelto. Que sí, hombre, que sí, que ya lo tenemos, Feijóo. Establézcase en el Preambuliño que, tal como reza el Estatut, "el Parlamento de Cataluña, recogiendo el sentimiento y la voluntad de la ciudadanía catalana, ha definido de forma ampliamente mayoritaria a Galicia como nación". Y punto.
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