El PP pagará la factura del populismo

José García Domínguez

La sociedad española no concede tolerar bajo ningún concepto que alguien dedicado a la vida pública, un ministro, un parlamentario, un dirigente de un gran partido nacional, un gestor institucional que administra cientos de millones de euros bajo su personal responsabilidad, cobre mucho más que un vendedor de aspiradoras o un agente de seguros medianamente espabilado. No lo admite. Punto. Todas las lágrimas de cocodrilo, tan hipócritas, tan falsarias, tan impostadas, que está provocando la libretita del quinqui Bárcenas manan de esa patología colectiva primigenia. Aquí, una máxima protosocialista del Medievo, la de que nadie es más que nadie, se sigue anteponiendo a cualquier querencia meritocrática o toda elemental apelación a los precios de mercado.

Trasplantados a la actividad política, un abogado del Estado, un inspector de finanzas, un directivo de multinacionales, un economista de alto nivel deben aprestarse a aceptar nóminas propias de un administrativo con algún trienio para que no estalle el motín de Esquilache. De esos polvos, estos lodos contables en B. España es un país que ha pasado sin solución de continuidad de la dictadura del general Franco a la no menos opresiva de la opinión pública. Por eso una persona como Miguel Boyer hubo de esperar hasta los setenta y dos años antes de permitirse pronunciar en público la verdad. "Si se siguen bajando los salarios o manteniendo los que hay ahora en la Alta Administración, pronto solo llegarán los analfabetos a la dirección del Gobierno", manifestó no ha mucho con desolada y ya impune lucidez.

Al respecto, la libretita del quinqui no es más que el precio que ahora deberá pagar el Partido Popular por haber cedido en su día a la tentación populista. Acaso haya llegado la hora no solo de limpiar de extorsionistas y rufianes tanto Génova como Ferraz, sino de enfrentarse al infantilismo igualitarista hoy dominante en el sentir de nuestro país. La selección inversa de las elites, que llegaría al clímax de lo patético en tiempos de Zapatero, la devaluación de la calidad de la clase dirigente hasta extremos impensables hace apenas dos décadas, tiene que ver, y mucho, con esa claudicación, con el no atreverse a contrariar el deseo de la calle. Que ese, y no otro, fue su gran pecado.

A continuación