Opinión

El PP entra en el redil

José García Domínguez

Tal como musitó Sor Aya, no era el día de andar haciendo reproches. Por el contrario, era el día de hacer algo útil. Políticamente útil, se entiende. Y es que fue el día en que al Partido Popular le cupo revocar la resolución más ignominiosa de la historia del Parlamento español. Pues ni la mayoría socialista que hasta nueva orden comprende las razones de De Juana Chaos, ni las minorías nacionalistas que, simplemente, las comparten, hubieran reunido la vergüenza torera necesaria para oponerse a la derogación de esa muy vigente patente de corso emanada de las Cortes que legitima a la ETA como interlocutor político del Estado. Pero, qué le vamos a hacer, Sor Aya no estaba ni para hacer reproches, ni para impulsar resoluciones, ni mucho menos para meterse en políticas. Ya se sabe, el gallego y su cuadrilla no hacen política con las grandes cuestiones de Estado. Hasta ahí podríamos llegar. Eso sería incurrir en las malas artes de aquel viejo partido de Zaplana y Acebes, el de Aznar por más señas. Y eso, nunca.

No. El gallego y su cuadrilla son gentes serias, y no han instalado sus reales en el Ministerio de la Oposición con tal de hacerle un feo a quien nunca ha desmentido que Otegi sea un hombre de paz. No, no. Lo suyo es otra cosa. Tomarle el pelo a Maria San Gil, por ejemplo. O por más ejemplo, a San Gil y a aquellos cuatro millones de lilas que firmaron un papel contra ese Estatut que por nada del mundo se podría mentar durante la campaña electoral. O por recontraejemplo, a San Gil y a los diez millones y pico que votaron al Partido Popular no para que la niña nos aprenda el inglés, sino porque creen firmemente que la soberanía de la Nación debe ser una, única e indivisible. Los mismos diez millones y pico que saben, señorito Arenas, que con las cosas de comer no se juega. Igual que saben, company Camps, que la cláusula España es la única que el Partido Popular habría de promover en las reformas de los estatutos de autonomía.

No, no era el día para andar haciendo reproches. Al contrario. Era el día para hacer algo útil. Funcionarialmente útil, entendía Sor Aya. Y es que era su día. El gran día señalado para demostrarles a los del cordón sanitario que, al fin, el PP ha caído de bruces dentro del redil de la España plural.

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