Falsa solidez de la banca

El Plan Piqué

José García Domínguez

En materia de crisis sistémicas del capitalismo, sólo existen dos tipos de expertos: los que no saben nada y los que no saben que no saben nada. Ésa es una evidencia acreditada por la historia de todos los colapsos financieros, a tener muy presente cada vez que el experto de turno dé en pontificar sobre el estado sólido, líquido o gaseoso de tal o cual red bancaria nacional.

Nadie se extrañe entonces de que los expertos domésticos celebren con tantas reverencias la brillante actuación del Banco de España mientras se incubaba el cataclismo. Y es que, al parecer, a ningún experto se le ha pasado por la cabeza considerar que Mafo podría albergar alguna responsabilidad en ese acongojante setenta por ciento –o quizá más – del riesgo crediticio concentrado en ladrillos devaluados, cuando no directamente invendibles. Así, los mismos que se pasan la vida enfatizando lo muy importantes que se antojan la psicología colectiva y la formación de las expectativas en economía, no reparan en el bochornoso silencio de los corderos socialistas a propósito de ese asunto.

Porque otra sería la situación si el Banco de España hubiese cumplido con su elemental responsabilidad, llamando públicamente al orden a las entidades durante la gran orgía crediticia. Pero no lo hizo. De ahí que, ahora, tengamos al bueno de Josep Piqué soltándose el pelo en El País y pronunciando en voz alta lo que todos los demás, igual socialistas que marianistas, andan susurrando por las esquinas: "¿Por qué no hacer algo similar a lo que pretende el plan Bush entre la banca española y el ICO para adquirir activos dudosos, sanear los balances y devolver la confianza?".

Pues, primero, porque como es fama, don Josep, España disfruta del sistema financiero más sólido del mundo, gracias, sobre todo, a la inteligente labor de tutela que ha ejercido sobre él la autoridad inspectora nombrada por Zapatero (tan sólido es que, a diferencia del resto, ya no se sustenta en la confianza sino en la credulidad). Y segundo, porque eso nos abocaría al mismo dilema que deberá resolver Bush. Veamos. ¿Exactamente, cuánto dinero pagaría usted, don Josep, por un "activo dudoso"?

Porque, como no se le escapa, es más que dudoso que todos esos activos dudosos valgan algo. En consecuencia, si el Estado desembolsase por ellos su verdadero precio de mercado, los bancos se quedarían igual de sólidos –y tiesos– que antes de quitárselos de encima. Y si los contribuyentes fuéramos forzados a pagar un sobreprecio por tales bolsas de basura, ¿quién sería el listo, don Josep, que estuviese en condiciones de fijarlo?

A saber.

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