Educación y alta cultura

El otro informe PISA

José García Domínguez

Que el Informe PISA no exagera ni un pelo el analfabetismo funcional imperante en la sociedad española lo certifica la propia reacción del presidente del Gobierno ante su publicación. Es que los padres son unos burros, dio en insinuar Z al ser inquirido por el asunto, demostrando así que también él logró progresar adecuadamente aun ignorando los arcanos de la aritmética más elemental, lo que ante se llamaban las cuatro reglas. Pues, si a 2007 se le resta 1982, suele pasar que el resultado neto de la sustracción dé 25. Dicho de otro modo: la cohorte de los plateros que trajo al mundo a estos escolares ágrafos de hoy se educó, toda ella, durante la época del primer Gobierno socialista. O sea, presidente, "poesía eres tú", que dijo el otro.

Pero uno no viene con ganas de llenar el folio despotricando otra vez sobre la LOGSE. Más que nada, porque de tema tan manido como ése ya piensa lo mismo que Cioran, aquel gran humorista rumano, sobre la vida: "toda palabra pronunciada siempre es una palabra de más". En verdad, de lo que uno querría hablar es de cómo se ha pisoteado aquí el pensamiento. Hace muchos años, Sir Raymond Carr auguró: "No me extrañaría que buena parte de España saltase de la era sin libros a la era de la televisión". Y así ha sido. El tiempo y Eva Hache han confirmado su aciago pronóstico.

Estamos en la era de esa televisión donde el otro día oí en boca de una gloria nacional que no sé quién "carece de argumentos para articular un discurso futbolístico coherente", eso antes de rebuznar que pensaba "de que...". Y es que en España ya empieza a resultar casi imposible toparse con un catedrático, presidente de consejo de administración, director de periódico en Barcelona o ministro que no piense de que. En las últimas dos décadas, esa fauna que piensa de que, y que vive de parasitar el Presupuesto con la coartada de articular discursos en torno a lo que haga falta, ha logrado que, a efectos estadísticos, nos hayamos instalado definitivamente en la modernidad cultural.

De eso querría hablar uno. De la bulímica legión de los gestores culturales, pedagogos anti autoritarios, sociólogos alternativos, psicólogos humanistas, historiadores de la identidad de su término municipal, tertulianos de todo a cien, verduleras que sientan cátedra en los escaparates de todas las librerías, y los jóvenes ensayistas tan rebeldes e iconoclastas como inasequibles a los rudimentos de la sintaxis. ¿Para cuándo otro informe PISA sobre el Chernobil de la alta cultura en España?

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