El Muro

José García Domínguez

Lo confieso. Hace tres años, paseando por la avenida Karl Marx de Berlín Este, el comunista que todavía llevo dentro sintió un instante de nostalgia por aquel viejo sueño que salió mal. Dicen que nunca se deja de ser cura. A los que alguna vez en la vida fuimos sinceros devotos de la última religión laica de Occidente, supongo que nos debe ocurrir lo mismo. Isaiah Berlin, el pensador político más sutil que produjo la centuria pasada, fue el primero en comprender que los grandes ideales de la Revolución Francesa, libertad, igualdad, fraternidad, nobles principios por los que tantos seres humanos han entregado sus vidas, resultan ser incompatibles entre sí. Simplemente, no puede haber, y han hecho falta varios millones de cadáveres para comprobarlo, igualdad con libertad. De ahí que siempre estaremos condenados a elegir.

Es nuestro sino. A una pobre criatura tan fatalmente escindida como el hombre solo le ha sido dado pretender libertad, igualdad o fraternidad. No las tres a un tiempo. Razón última, esa, de la definitiva impotencia de la política, de lo irresoluble del eterno conflicto humano. Que fui creyente, decía. Acaso la más falsa de todas las falsedades que maquillan el feo rostro el tiempo que nos ha tocado habitar sea la que presume que vivimos en una era secularizada. Nada más lejos de la verdad. En Europa, la religión salió por la puerta en el siglo que se dijo de las Luces, el XVIII, para volver a entrar por la ventana en el XX. Y ahí sigue, por cierto, en el XXI. A fin de cuentas, ¿qué otra cosa fue el comunismo más que una iglesia atea llamada a reinstaurar el paraíso cristiano en la Tierra?

En el fondo, nada demasiado distinto a lo que llegaría tras la caída del Muro, esa devoción neopagana del libre mercado tan en boga en nuestros días. Los apóstoles del socialismo científico predicaban con la cándida fe del carbonero que de la planificación igualitaria del sistema económico emergería el Hombre Nuevo. Y sus pares contemporáneos, los congregantes del mercado que copan el mainstream a ambas orillas del Atlántico, que la Tierra Prometida de la abundancia sin límites arribará con la universalización del capitalismo en su variante individualista de raíz cultural anglosajona. Puro milenarismo de nuevo, esta vez muy tenuemente disfrazado de aséptica racionalidad tecnocrática. Nada nuevo bajo el sol.

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