El mito del final de la crisis

José García Domínguez

Como es universalmente sabido, España, su Gobierno, no ha cumplido con los objetivos de déficit ordenados por Bruselas durante los dos últimos años. Al tiempo, como es propalado sin descanso por ese mismo Gobierno, España, su economía, lleva un par de años creciendo a tasas muy óptimas, próximas al 3%. Así las cosas, no hace falta ser un candidato al Premio Nobel de Economía para intuir que tal vez exista alguna relación de causalidad entre esos dos fenómenos, el del incumplimiento reiterado y el del crecimiento inopinado. Y, por supuesto, la hay; claro que la hay. Y es que España lleva dos años creciendo no pese a haber orillado el objetivo de déficit público, sino por todo lo contrario, esto es, gracias a haberlo ignorado al concienzudo modo. Algo que viene a ratificar una de las enseñanzas principales que procede extraer ya de la Segunda Gran Depresión. Porque si algo demuestran esos saltos espasmódicos en las cifras macroeconómicas de los países del sur de la Eurozona es que la austeridad resulta incompatible con la democracia.

Tras ocho años de marasmo, comienza a resultar una evidencia para todos que hay que elegir: o sufragio universal o ajuste estricto de las cuentas estatales. Y, como siempre, Europa, esto es Berlín y Bruselas, ha adoptado una solución salomónica para tratar de ir capeando con el dilema sin que le estalle en las urnas. Un apaño de circunstancias consistente en ajustar el ciclo económico al político, procurando, eso sí, que no se note demasiado. En el caso español, que es el que aquí nos ocupa, el ardid pasa por hacer la vista gorda con las cuentas de Madrid durante el periodo preelectoral, terapia preventiva con la que se logra contener dentro de lo posible la irrupción en avalancha de los antisistema en el Parlamento. De ahí, por cierto, esa tan maternal e inopinada benevolencia con que Merkel ha venido consintiendo los reiterados pecados de Luis de Guindos con los números. Pero la tolerancia hacia los díscolos se acaba en cuanto la amenaza de las urnas desaparece por una temporada del horizonte.

Y eso mismo es lo que acaba de ocurrir en España. La carta certificada que ha recibido el Gobierno hace un cuarto de hora, carta en la que se le advierte en los términos más imperativos e inexcusables que debe proceder cuanto antes a una mutilación de cinco mil quinientos millones de euros en el Presupuesto, responde a la lógica de ese enrevesado juego del escondite entre los imperativos de la política y los de la economía. Porque, contra lo que predica la doctrina oficialista, ni la reforma laboral ni mucho menos los recortes han tenido nada que ver con los esperanzadores datos del PIB español en 2014 y 2015. Datos del PIB que en buena lógica se torcerán de nuevo en cuanto se aplique el ajuste, ya sea vía reducción del gasto, ya sea vía incremento de los impuestos. Tampoco hace falta ser un candidato al Nobel para verlo venir. La fantasía de que España estaría saliendo de la crisis merced a las reformas y el buen hacer del Gobierno no es nada más que eso, una fantasía. Y pronto, muy pronto, lo vamos poder comprobar.

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