El miedo en Cataluña ha cambiado de bando

José García Domínguez

Pere Aragonès, o sea Junqueras, acaba de anunciar su propósito urgente de cometer en el Parlament otra ley educativa con el fin expreso de seguir incumpliendo las sentencias de los tribunales, empezando por las del Constitucional y el Supremo, a cuenta de la prohibición del uso docente del español en sus colegios. Si bien lo relevante en esta ocasión reside en la insistencia que muestra para tratar de sumar al PSC a la mayoría irredentista de la que ya dispone en el hemiciclo. Una insistencia, la de la Esquerra, que tiene que ver con su lúcida comprensión de lo que en verdad se juegan con esa mísera concesión del 25% del horario lectivo al idioma del enemigo.

Porque Junqueras, que tiene más cabeza de la que aparenta, ha comprendido que la gran batalla que se va a librar en la demarcación a partir de ahora, que se está librando ya, no es la de la independencia sino la de la hegemonía política, social y cultural del catalanismo. Y esa batalla, siendo mucho menos vistosa y espectacular que la otra, resulta que es mucho más importante. Y lo es por la muy simple razón de que el independentismo nunca ha sido dominante en Cataluña, pero el catalanismo, en cambio, sí lo ha sido durante los últimos cuarenta años. Una hegemonía indiscutida, la suya, que por primera vez se comienza a ver amenazada dentro de un terreno que siempre consideraron conquistado.

El consenso catalanista, un acuerdo transversal de mínimos compartidos que incluía como eje vertebrador el uso exclusivo y excluyente del idioma vernáculo en todos los ámbitos de la vida pública e institucional, asentaba su fuerza en el asentimiento del PSC a sus enunciados programáticos. Una complicidad activa del PSC con el programa lingüístico del independentismo que, del modo todo lo tímido y timorato que se quiera, ha comenzado a resquebrajarse. Y no por la voluntad personal de su élite rectora, con Iceta a la cabeza, sino por el frío pragmatismo de saber que el grueso de su actual electorado procede de Ciudadanos. Saben muy bien que la mayoría de sus votos son prestados. Y que los que se los prestaron lo hicieron hablando en español. Como diría el otro, el miedo en Cataluña ha cambiado de bando.

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