Cataluña

El mico y el señor de Lérida

José García Domínguez
Reparando en la cara que le ha quedado a Pujol desde que al otro se le fugó el tres por ciento de la neurona de la verdad por una grieta en la laringe, es inevitable recordar aquella historia del señor de Lérida y el monito que contaba Josep Pla. Decía el maestro que a los políticos, cuando pierden el poder, les viene a ocurrir lo que al mico de un señor de Lérida que retornaba de hacer las Américas en un vapor. El caso es que el animalito, que permanecía encerrado en su jaula durante la travesía, tenía por costumbre dejar escapar la cola entre las rejas, hasta que fue un marinero bromista y se la cortó. Consumada tan cruel mutilación, ante la sorpresa general, nada ocurriría. Así, el mono continuó haciendo vida normal dentro de la celda, ajeno a su desventura. Mas, revelaba circunspecto Pla, “el señor de Lérida arribó a Barcelona y llegó la hora de sacar el mono de la jaula. Entonces empezó la desazón y la ansiedad del animal: se puso a buscar la cola; busca a la derecha; busca a la izquierda, y delante y detrás. Y no se encontraba la cola... Y el mono empezó a gritar y a hacer toda suerte de cosas extrañas. Perdió el apetito y al final se murió de tristeza, por no tener cola, completamente abatido”.
 
El quebranto zoológico del indiano de Lérida, como decíamos, resulta lo primero que a uno le viene a la mente observando a ese caballero de la triste estampa. Pero, lo segundo, es otro señor de Lérida, Joan Cogul, el de Turismo de la Generalitat que apareció en Manila con una bala en la cabeza, tras dejar CiU el poder. Porque el fantasma de aquel Cogul que fuera incinerado a toda prisa y sin autopsia para repatriarlo en una cajita al juzgado de Barcelona que lo procesaba, vuelve a traer cola en Cataluña; una cola de caballo desbocado, ido, incontrolable. De tal modo que Pujol busca a la izquierda, y se encuentra a su antigua mano derecha, Pere Esteve, facturándole un capital al difunto por unos folios de asesoría sobre “la navegabilidad del río Ebro”. Mira hacia abajo, y se topa con el chófer que le pusiera a Pere, procesado por asesorar a media Cataluña, sin folios, ni informe, ni barcos, ni honra, ni vaselina, a pelo. Mira otra vez a Esteve, y lo atisba vagando a la deriva a bordo de la chalupa del Tripartito. Mira hacia otro lado, y ve una silla vacía en la Secretaría de Finanzas de CDC. Finalmente, mira al cielo y comienza a hacer toda suerte de cosas extrañas; la más desconcertante, no dejar de hablar en castellano.
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