Pajín

El megasueldo de Leire

José García Domínguez

Quizá se trate de un rasgo generacional, pero lo de la señora Pajín y esa obsesión suya por pretenderse joven, a uno comienza a inquietarle. Y es que, habiendo alcanzado la edad en que ya se empieza a asumir la vida como una derrota aceptada, doña Leire insiste en conducirse como si fuera la hermana pequeña del pirata Willy. Consecuente, la sucesora de Francisco Giner de los Ríos y Julián Besteiro acaba de declarar que "en su día" se dio al botellón, "puesto que no había leyes autonómicas que lo prohibieran".

Acusen recibo, pues, los vecinos de la calle Ferraz y, por su propio bien, corran a averiguar si rige alguna norma de la Comunidad de Madrid que proscriba evacuar aguas mayores y menores en medio de las aceras. En fin, así las cosas, más que a pruebas de valencianidad, mejor harían las Cortes regionales sometiéndola a la prueba del carbono 14. De hecho, sería el único modo de averiguar si el inopinado complejo de Campanilla que padece la secretaria Pajín le permitirá alcanzar la mayoría de edad moral algún día, o no.

Mientras tanto, la doña ha vuelto por sus fueros infantiles con pueril necedad. He ahí la réplica a esa escarnecida atención que suscita su inminente megasueldo. Porque el escándalo ante los quince mil euros limpios de polvo y paja de Pajín es atribuido por la agraciada a su pretendida condición de "mujer, joven y socialista". Desengáñense, entonces, quienes lo presumieran debido a su perfil de dama erudita, políglota, sutil, elegante, multidisciplinar, cosmopolita y superdotada. Por lo demás, y dejando a un piadoso lado la juventud presunta de doña Leire, la coartada del socialismo no deja de tener delito.

Escaso tiempo para la lectura debe dejarle esa eterna edad del pavo donde habita la buena mujer. De otro modo, recordaría la máxima de cierto Karl Marx, un señor con barbas y bigote que sistematizó el socialismo: "De cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades". Y siendo por todos conocidas las capacidades de doña Leire, grandes, inmensas, descomunales, oceánicas deben antojarse sus necesidades, si esos quince mil euros del ala, tal como insinúa la compañera, se ajustan al canon retributivo fijado por la Primera Internacional en 1864. Aunque igual habría que preguntárselo a su madre.

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