Tecnócratas

El heredero de Rajoy

José García Domínguez

Hay algo inquietante en esa música que comienza a sonar en Atenas, Roma o Bruselas, y cuyo eco también ha llegado a Madrid. Una sintonía cuyas notas recuerdan demasiado a aquella otra que recorriera la Europa de entreguerras, la que franqueó la puerta del poder tanto a los fascismos como al comunismo. A imagen de la de entonces, es una partitura donde se puede leer el desprecio indisimulado a la democracia representativa, o sea, a la genuina democracia, que otra no hay. El suyo es el sonido de la desafección ante las formas civilizadas del orden político que ya no se circunscribe a los sucedáneos posmodernos de la extrema izquierda y sus pares marginales de la extrema derecha.

Y es que la melodía de esa orquesta igual trasciende el "no nos representan" de la jarana callejera antisistema, que la demagogia contra "los políticos" que mora a la diestra sociológica del PP. Así, aunque lejos de modos tan burdos, la apología de los gobiernos tecnocráticos, ajenos a los malvados políticos profesionales, viene a confluir con ese heterogéneo movimiento de fondo. El entusiasmo que entre los eurócratas despiertan ahora mismo las candidaturas de Monti y Papademos, dos "técnicos" de su cuerda, estadistas in pectore no legitimados por el sufragio universal, es buen indicio de ello. Oscuros eurócratas como Durao Barroso o Van Rompuy, individuos con poder sobre la vida y hacienda de naciones enteras y sobre los que a nadie se le ocurre inquirir quién les ha votado.

O figuras como el gobernador del Banco Central Europeo, supremo señor de las finanzas que se vanagloria de encarnar una institución ajena –y aun opuesta– a los designios de los representantes de la soberanía popular. Rajoy, que como todos los supervivientes es hombre de intuición fina, ha alertado en el mitin de Zaragoza contra esos salvadores de la patria travestidos de contables. Sabe el gallego que la verdadera recesión no ha hecho más que empezar. Que esto, como poco, va para una década. Que, desposeído de soberanía monetaria, fiscal y aduanera, apenas le van a restar las novenas a la Virgen a modo de último instrumento de política económica. Y que, si en algo falla, lo estarán esperando con un gestor apolítico bajo el brazo. Su Papademos particular.

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