El eco de los pasos

José García Domínguez

Un rasgo muy específicamente español es el que resulten tan contados los protagonistas notables de nuestra historia nacional que han dejado escritas sus memorias. Y más contados aún los que, entre esos pocos que se animaron a hacerlo, resultaron aficionados a relatar la verdad. Pero España posee también otra característica propia en el mismo ámbito, el de la memoria histórica puesta por escrito y en primera persona del singular. Ese rasgo es el de los grandes silencios políticamente programados y selectivos. Sin ir más lejos, es lo que ocurre con uno de los volúmenes de confesiones vitales más importantes del primer tercio del siglo XX español. Me refiero, el lector lo habrá adivinado, a El eco de los pasos, la autobiografía del anarquista catalán García Oliver, recién reeditada ahora por una fundación libertaria y libro que dejaría boquiabierto al más imaginativo de los guionistas de las series que triunfan hoy en Netflix.

Camarero de profesión, faista de gatillo presto en los años veinte, cuando el diálogo entre los agentes sociales de la Rosa de Fuego se sustanciaba a disparos de revólver en las calles y callejuelas de ese timo arquitectónico para turistas ignorantes que llaman Barrio Gótico o Barrí Gòtic, que es el mismo engaño, García Oliver no quiso retornar cuanto la muerte de Franco y la Transición. La razón acaso tuviese que ver con que había sido él, en su condición de ministro de Justicia con Largo Caballero, quien dio la orden de ejecutar a José Antonio en Alicante. Tampoco le gustaban los nuevos anarquistas, los de porro y bragueta inquieta que dejó la resaca del 68 en su Barcelona.

Íntimo amigo de Tarradellas, confidente de Macià, conocedor profundo de las debilidades de Companys, dueño y señor de Barcelona tras el fracaso de los rebeldes en la ciudad el 19 de julio, es uno de los actores más principales de esa gran carnicería cainita que conforma nuestro pasado colectivo. Dice el prologuista del libro, y dice la verdad, que Vicens Vives se quiso inventar la bucólica historia de una Cataluña pacífica, pactista, dialogante, europea y civilizada. Todo falso. Cataluña fue salvaje y violenta siempre. Y sigue siéndolo. Por eso el silencio, tan espeso, tan impuesto, sobre García Oliver. Léanlo.

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