Entrevista a Montilla

El Doctor Fausto de Cornellà

José García Domínguez

Impagable la entrevista en La Vanguardia de Xavier Sala i Martin, el chico listo de las chaquetillas horteras, a Montilla. Realmente impagable. Lástima que el diario del señor conde nos haya censurado el final. Por cierto, Juliana: ¿quieres ganarte setenta y cinco sextercios y un fin de semana gratis en Marina D´Or? Pues, mira, es muy fácil; sólo tienes que transcribir en tu columna de mañana esto que sigue:

Xavier Sala i Martín: No es verdad que el President Maragall...

José Montilla: El President Maragall ha decidido, ha decidido... Mira, nos vamos, Toni, nos vamos. Adiós. ¡Eres más sectario! ¡Eres un impresentable!

Xavier Sala i Martín: Pero, a ver...

José Montilla: No, no. Quiero una cinta de lo que has grabado, o una copia. ¡Eres un sectario! ¡Pero qué te crees! ¡Eres un sectario, lleno de prejuicios! ¡Pero tú qué te has creído! ¡Pero tú qué te has creído, tío! ¡Estés o no estés en Columbia!

Aunque algo mutilado por los propios del señor conde, impagable, insisto, ese primer cara a cara de la Historia entre un catalanista de Iznajar y un catalanista de verdad. Y no por la habilidad del entrevistador para hacer aflorar lo obvio –la obscena incultura de Montilla que lo inhabilita estéticamente para presidir nada–. Sino porque, junto a lo evidente, también emerge en él lo innombrable, ese hedor pestilente de nuestra trastienda colectiva que, por una vez, logrará filtrarse hasta la selecta mesa del restaurante Vía Veneto, donde las dos Cataluñas se disponían a compartir mesa y mantel.

De ahí lo impagable. De esa incapacidad de los amos de la finca para seguir disimulando ni por segundo más su desprecio infinito hacia la criada descubierta in fraganti mientras se prueba las joyas y el visón de la señora. De ese "¡Por Dios, cómo va a ser president un charnego muerto de hambre como tú!", que sobrevuela todas las preguntas, desde la primera hasta la última. De ahí. De esa grosería inaudita del fatxenda de casa bona, exigiéndole al descamisado de Cornellà que le enseñe el certificado del Nivel C para empezar a hablar. Justo de ahí. De ese restregarle por la cara, a él y sólo a él, que no posea un título universitario; mientras que, por ejemplo, a Joan Saura, otro zurupeto –pero aborigen–, jamás de los jamases la tribu consentiría que se le exhibieran los complejos en el rellano de la escalera.

Impagable la sincronía perfecta, milimétrica, de esas dos verdades secretas que, al fin, se cruzan las miradas, mientras el camarero deposita la carta de vinos sobre la mesa. El racista que todo buen hijo de Prat de la Riba lleva dentro, regodeándose, divertido, de cómo hasta al Tío Tom se le escapa el castellano ("¡Eres más sectario!") cuando la humillación de contemplar su propia realidad ante el espejo ya le resulta insoportable. Impagable nuestro Fausto de pan con tomate, descubriendo que, una vez vendida, no hay en el mundo opa posible con que recomprar la dignidad.

Lástima de lo del final. Venga, Juliana, échale un poquito de valor, que setenta y cinco sextercios no se levantan todos los días.
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