Constitución

El doble secreto de Montilla

José García Domínguez

Gozando de la diáfana, cristalina prosa de don José Montilla en la extensa pieza de erudición jurídica e histórica que acaba de firmar en El País, a uno le viene a la mente el curioso caso de aquel anciano ciego que durante toda su vida se hiciera pasar por Jorge Luis Borges. Como es sabido, Borges nunca existió en la realidad. Fue ese personaje una ficción literaria que ingeniaron al alimón entre Bioy Casares y Mujica Lainez, quienes, para encarnar a su creación, contratarían a un viejo actor fracasado, cierto Aquiles Scatamacchia, el figurante que luego dijo ser autor de El Aleph en todas las comparecencias ante los medios de comunicación del falsario.

De hecho, la impostura, conocida en secreto por la Academia de Suecia, constituyó la causa efectiva de que nunca se le concediese el Nobel al tal Scatamacchia. Bien, pues con el gran líder catalanista no procede descartar que suceda algo parejo; esto es, que el verdadero Montilla permanezca oculto, tal vez preso, entre los anaqueles de la Biblioteca Nacional, mientras ese tosco embaucador que carraspea en los telediarios usurpa su personalidad, quién sabe al servicio de qué turbios intereses.

Así, el domingo nos ilustraba por escrito el genuino Muy Admirable a propósito de los usos adjetivos del palabro "nacionalidad" recogido en la Constitución. Sin embargo, olvidaba don José explicar al vulgo cuáles fueron las dos únicas leyes fundamentales del universo mundo que dieron cabida antes a semejante bomba de relojería jurídica. A saber, la carta magna de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas –cuatro palabras, cuatro mentiras–, y la de la no menos difunta República Federativa de Yugoslavia, según acaba de recordarnos con estremecedora lucidez el catedrático de Derecho Constitucional Carlos Ruiz Miguel.

Nadie más, en parte alguna, ha incurrido en riesgo tan temerario como ése para los fundamentos mismos de cualquier nación. Nadie, excepto aquellos gloriosos ponentes del 78 a los que estos días se impone glorificar con rendida gratitud por sus impagables servicios a la patria. Los mismos venerables héroes, por cierto, que dieran a luz un anteproyecto –publicado en el BOE– donde incluso había desaparecido el nombre "nación" aplicado a España. El día que se entere el otro Montilla de eso, les pone una estatua. En el Barrio Chino de Barcelona, por supuesto.        

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