Opinión

El dios de la tribu

José García Domínguez
Georges Brassens, que también hubo de padecer a los suyos, los supo retratar como nadie: “Esos imbéciles felices de haber nacido en algún lugar”. Los nuestros son los que cada año guardan disciplinadamente todos los minutos de silencio del mundo por los muertos de Terra Lliure; los que se colocan en posición de firmes y calladitos el tiempo que sea menester, siempre que la ETA abre la boca; esos que, cotidianamente, se hincan de rodillas ante el tótem de la tribu, durante el cotidiano sacrificio ritual del sentido común para calmar la ira gregaria del ídolo de la aldea. Sí, ésos, los mismos teócratas neopaganos que se revolvieron indignados cuando el presidente del Congreso les rogó que levantasen el culo de sus escaños únicamente durante sesenta segundos, como gesto de respeto por el fallecimiento del líder espiritual de la Cristiandad. “Un minuto es excesivo. ¡Anatema!”, replicaría airado el tribuno Tardá con su camisita negra de Terlenka, el hábito oficial de los devotos de la Orden de San Pompeu Fabra.
 
Y es que resulta que ni Dios es argentino, ni su vicario en la Tierra licenciado en filología catalana. He ahí, en la segunda de esas insólitas evidencias, en el herético olvido papal de su verbo divino, el pecado mortal que nuestros tribalistas pretendieron purgar con la penitencia de su grosería. Contra lo que se suele suponer, el nacionalismo no es enfermedad que se cure viajando. Al contrario, tratase de un virus patógeno que se incuba en la adolescencia, precisamente durante los primeros viajes, los de mochila, cantimplora y autocar de línea comarcal. Justamente entonces, en esas rutas campestres sin papá y mamá, contraen nuestros Tardà un cuadro patológico que después ya devendrá crónico. Les sucede en las alegres marchas colectivas a la montaña; primero, durante esos segundos de éxtasis, al entrelazarse todos los brazos tras las canciones crepusculares en el corazón del bosque; y después, por la noche, cuando sentados en círculo ante la fogata, alguien dice nosotros, y al unísono todos acusan el primer síntoma claro de la infección, porque un escalofrío súbito atraviesa sus cuerpos. ¡Nosotros! ése será ya su mantra de por vida.
 
¡Nosotros! la nación. ¡Nosotros! el cuerpo místico que guarda su esencia mágica en la lengua, el vehículo sagrado que transmite el espíritu del pueblo. ¡Nosotros! el Volksgeist gramático que gloriosamente exige interponerse entre los insignificantes individuos y la humanidad. ¡Nosotros! el candado que permite a las palabras tener dueño. ¡Nosotros! el exabrupto que Juan Pablo II jamás accedió a pronunciar. ¡Nosotros! quizá deberíamos ponernos en pie y guardar un minuto de silencio por todos los que han sucumbido en él. Por esos felices Tardà que quedan en la Tierra.
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