El despotismo iletrado de los nacionalistas

José García Domínguez

Desde el nacionalismo de brocha gorda, ERC y satélites para entendernos, es norma tildar de franquistas o facciosos a cuantos manifiesten alguna reticencia intelectual frente a la idea de la autodeterminación de Cataluña. Un poco menos tosco en la adjetivación del adversario, Artur Mas acaba de acusar al presidente del Gobierno de déspota ilustrado por idéntico motivo. Algo que, en los tiempos que corren, casi podría tomarse por un elogio involuntario. Así, y siempre a ojos de Mas, el que Rajoy anteponga la legalidad constitucional a la voluntad de la mayoría de los catalanes lo convierte en un émulo pontevedrés de Luis XV de Francia y Federico II de Prusia. Imputación, por cierto, que igual podría haber lanzado sobre Kennedy, aquel mandatario norteamericano que impidió a la mayoría de los sureños ejercer su derecho a no mezclarse con ciudadanos negros en los pupitres de las escuelas.

De despotismo algo sabe, y lo demuestra a diario, el presidente de la Generalitat. Difícilmente, sin embargo, se le podrá acusar de ilustrado tras airear cogitaciones como la que nos ocupa. Y es que, al modo de cualquier veinteañero en su primera asamblea de facultad, Mas también parece confundir el tocino del sufragio universal con la velocidad de la democracia liberal. Así, el que una hipotética mayoría de habitantes de Cataluña fuesen partidarios de suprimir la libertad de prensa, de instaurar una religión como obligatoria o de romper la unidad de la nación española no hace que desoír su voluntad constituya afrenta alguna al principio democrático. Y ello por dos razones tan elementales como despreciadas por los catalanistas.

La primera, porque en toda democracia representativa ciertas cuestiones relacionadas con los derechos fundamentales se sustraen al poder decisorio del pueblo. Contra lo que siempre han soñado los aprendices de brujo, democracia y dictadura de la mayoría no resultan ser sinónimos. Y la segunda, porque, en cualquier caso, el único pueblo titular de la soberanía es el español. El español y solo el español. Le guste o no a Mas, los catalanes apenas constituyen una fracción de ese pueblo. Y una fracción, por muy tozuda, homogénea e internamente unánime que se muestre, no puede adoptar decisiones que afecten al sujeto exclusivo de la soberanía. Da igual que representen el 70, el 80 o el 100% de los catalanes. Porque aquí no hay ninguna nación de naciones, sino un titular único del poder legítimo, el agregado de 45 millones de almas, sobre el que recae toda la capacidad decisoria. Y que aún haya que explicar estas cosas a tanto déspota iletrado.

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