Crisis económica

El derrumbe

José García Domínguez

Si fuese un poco más joven, sólo un poco, uno también firmaría sentidos llamamientos a la canónica ortodoxia presupuestaria. Pero uno ya no es tan joven. Y ha visto muchas cosas a lo largo de su vida. Ha visto escenas que nadie que tenga menos de cincuenta años sería capaz siquiera de imaginar aquí. Ha visto el mayor centro comercial de Barcelona –y también de España – arrasado por hordas frenéticas que se abalanzaban sobre sus estantes y anaqueles con la ira de los bárbaros frente a las tambaleantes fronteras del Imperio Romano.

Ha visto al resentimiento social, al odio de clase si se prefiere, aguardando paciente a las puertas del Gran Teatro del Liceo. Durante horas y horas. Lloviese o nevase, hiciera frío o calor. Y no encarnado en veinte o treinta marginales. No, qué va. Era mucha, muchísima gente. Centenares de individuos impávidos, apostados a la espera de que saliera a la calle el aterrado público de la ópera. Disciplinadamente puntuales, en los albores de la Transición acudían allí a fin de apedrear los coches, manchar cuantos abrigos se les antojaran vagamente selectos con pintura roja de spray, y escupir su impotencia contra cualquier camisa reluciente que, incauta, osara exhibirse planchada ante su airada presencia. Todos los viernes por la noche. Todos. Sin falta. Uno tras otro. Así, durante meses y meses.

Nadie se lo ha contado: uno ha visto eso con sus propios ojos; eso y mucho más, por cierto. Aunque, quién sabe, tal vez uno aún no haya visto nada. Y es que, hoy, ahora mismo, agregando las cifras estimadas de las dos economías, la sumergida y la ahogada, se descubre que un par de millones largos, muy largos, de personas no cuenta con ingreso alguno. Su renta mensual se ha encogido, pues, hasta la más angustiosa nada. Dicho con otras palabras, hoy, ahora mismo, estamos a cinco minutos de una explosión social, de un descomunal cataclismo colectivo como quizá no se haya producido otro en España desde la guerra civil. Amén de abocados a una devastación productiva que, en lo referente al empleo, podría extenderse a lo largo de una década.

No obstante, y siendo crítica la situación, todavía se puede empeorar. Bastará para ello con que el PP ceda a la fácil tentación de deslizarse por la pendiente de la demagogia efectista y su eterno corolario, la charlatanería barata. Irresponsabilidad a la que el Gobierno, nadie lo dude, habría de replicar forzando la no menos demagógica palanca del gasto público incontinente e incontenible. En fin, si existe un vía segura con tal de lograr la bancarrota inmediata de un país, es ésa. Así que, señores, manos a la obra. Entre todos, podemos conseguirlo. 
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