Educación

El Catón de Gabilondo

José García Domínguez

Merced a la prédica en la SER del Gabilondo ministro, acuso recibo de que las lacras de nuestro sistema de instrucción pública obedecen a la precaria democracia que rige la vida en los pupitres. Acabáramos. En su ingenuidad, uno pensaba que el sufragio universal no era nada más que un método útil a fin de tomar decisiones colectivas. E incluso las rémoras de su fe leninista le llevaban a barruntar que alcanzar la mayoría no es sinónimo de poseer la razón. Cómo habrá podido uno vivir tantos años en el error.

Pues, según acaba de revelar el hermanísimo, la democracia constituye un recurso pedagógico de primer orden en sí misma. Veamos. ¿Cuál debe de ser el sistema óptimo para resolver una ecuación en diferencias finitas? Muy sencillo, el compañero delegado distribuye las papeletas a los alumnos y se procede a una votación tan libre como secreta entre toda la clase. ¿Que qué filósofo de la Ilustración, Beicon o Espinaca, influyó más en la carta de postres de El Bulli? Dirímanlo las urnas soberanas, que para ello fueron creadas. ¿Que cuánto suman dos y dos? Encargue usted un sondeo a Eco Consulting y lo descubrirá. ¿O acaso no decían ya los romanos aquello de "vox populi, vox dei"?

Mas no crea el lector que queda ahí la cosa. Amén de condenar sin paliativos el autoritarismo latente en el teorema de Pitágoras, el ministro ha sentenciado que acudir a las aulas ha de resultar una experiencia "amena". Al parecer, los educandos debieran asistir a las clases de química inorgánica con idéntico afán lúdico que a una discoteca. Se trata, por encima de cualquier consideración, de divertirse, entiende Gabilondo. Aunque quizá haya quien aún eche de menos antiguallas como el sacrificio, la autodisciplina, el esfuerzo, la tenacidad... viejas piezas de museo apenas útiles para estudiar.

¿Estudiar? ¿Y quién ha dicho que la función del sistema educativo fuese transmitir el saber? Desde luego, el señor ministro, no. Ya lo certificó Revel en su día: Las escuelas sometidas al canon pedagógico progresista están llamadas a ser "centros de convivencia" destinados a la "apertura al prójimo y al mundo". Es decir, genuinos falansterios de una muy democrática burricie, donde que nada sepan alumnos y profesores sea lo de menos. "¡Santa ignorancia!" que decía el otro fraile.
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