El catalán, esa lengua de pobres

José García Domínguez

Es un parche. Es precario. Es poco. Es insuficiente. Es escapista. Es hipócrita. Es testimonial. Pero es mucho más de lo que hicieron todos los gobiernos de Aznar durante ocho largos y estériles años. A los catalanes pobres que quieran estudiar en español el ministro Wert, de Educación, los va a colar de gratis en algún colegio para ricos; y la factura se la hará pagar a la Generalitat vía un descuento sobre la correspondiente partida de la financiación autonómica. Hablamos de pobres y de ricos, sí. Porque esa escoria intelectual, moral y pedagógica, la llamada inmersión lingüística, no es un asunto de idiomas vernáculos, como creen los ingenuos de Madrid. La inmersión es una cuestión de clases sociales; de ahí que se sumerja por la fuerza solo a los de abajo, única y exclusivamente a los de abajo.

Nadie lo ignora: en los colegios de pago se incumple la norma que proscribe los usos docentes del castellano. El monolingüismo vernáculo es cosa solo para los menesterosos; para los otros, los de arriba, ya se abrió en su día el Colegio Alemán, el de las hijas de José Montilla, o el famoso Aula, donde se formaron en buen castellano y catalán tanto Artur Mas como su prole. Y es que todos, sin excepción, han procurado librar a su propia descendencia de la inmersión por medio de las escuelas privadas bilingües. Hablar español, dicen los niños bien de Barcelona, es de pobres; sin embargo, en Barcelona resulta que son ellos, los pobres, quienes no saben conducirse con una básica, elemental pericia en la lengua de Castilla.

Es cierto, sí, que toda la población se defiende más o menos con el castellano, pero apenas una fracción lo domina como lengua de cultura; y es la de aquellos que por su origen social tienen acceso a los registros elevados del idioma extramuros de la red de instrucción pública. Para la muchedumbre queda el muy tosco catañol de la calle; el de esos vendedores de mercado que preguntan al cliente "cuántos en quiere", o el de los comerciales que creen hablar en castellano cuando advierten a su interlocutor que "cal" firmar un recibo. Por lo demás, escolares víctimas de la inmersión hay cientos de miles en Cataluña. Los colegios privados, en cambio, no llegan al medio centenar. Y huelga decir que prácticamente todas sus plazas están ocupadas. Imposible, pues, que Wert pueda aplicar su ingeniosa cataplasma. Así las cosas, no le va a quedar más remedio que… cumplir la ley.

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