Elecciones catalanas

El carné de buen salvaje

José García Domínguez

Resulta que la única gran idea originalísima y rompedora que ha emergido en la campaña catalana es un simple plagio doméstico, más falso aún que el gótico de la fachada de la catedral de Barcelona. Sin embargo, nadie se quiere dar por aludido en ese asunto; nadie, ni siquiera los de la Esquerra, que serían los legítimos legatarios del caramelo envenenado. Pero como esa colla, a más a más del Avui, sólo lee La Vanguardia, también se ha dejado embaucar con el cuento de que el "carné del buen inmigrante" sería un invento de Tony Blair. O sea, una cosa uropea; ergo, tan civilizada como respetable. Y van y se lo creen. ¡Qué tropa! Porque mira tú que les gusta darle vueltas a la noria de la memoria histórica a los de Carod.

Bueno, pues para una vez que los nietos de Cambó le pisan una genialidad al mismísimo president mártir, esos enciclopedistas ni se enteran. Y es que bien está que hayan olvidado al joven Companys que se entretenía obligando a gritar "¡Viva España!" a los separatistas de Unió que pretendiesen traspasar el umbral del Ayuntamiento. Al cabo, amnesia por amnesia, también los convergentes decidieron borrar de los libros de texto a su Puig i Cadafalch besando a Primo de Rivera, cuando partió hacia Madrit para darnos un golpe de Estado. Pero no saber que lo de Mas ya se le ocurrió a la propia ERC durante la República, y con el mismo sano afán de limpiar Cataluña de murcianos y otras hierbas, eso no tiene perdón de San Pompeu Fabra.

Cómo olvidar aquellos editoriales gloriosos de La Vanguardia de la época, exigiendo "la dureza inflexible de los antepasados" y "la implacable severidad antigua" con los recién llegados. O al llorado Companys, flamante Gobernador Civil de la provincia, decretando que "maleantes y elementos indeseables se están haciendo pasar por parados". Cómo desmerecer "Viaje en el transmiseriano", obra cumbre del maestro de periodistas que responde por Carlos Sentis. Qué dignas del Pulitzer aquellas serenas descripciones de las procaces charnegas que vivían "en estado de naturaleza", y más aún las de sus hombres, tan a duras penas distinguibles de los monos del Zoo, según su vibrante pluma.

Pero, sobre todo, cómo desconocer la magna obra del Govern de la Esquerra con aquellos primeros inmigrantes. Por ejemplo, la pionera Tarja d´Obrer Aturat (Tarjeta de Obrero Parado): quien no la llevase encima se exponía a ser repatriado a Murcia sin más miramientos ni dilaciones. O la no menos ejemplar Comissió Pro Obrers sense Treball, que ya entonces expedía certificados de "buena conducta" a los hoscos levantinos y aragoneses que comenzaban a infestar los arrabales de la Ciudad de los Prodigios.

Que la propuesta es "electoralista" ha acertado a decir el siempre lacónico Montilla. Sí, Pepe, sí, electoralista de 1931.
A continuación