Independencia

El Butifarrendum

José García Domínguez

Quién sabe si apócrifo, circula un diálogo atribuido a Jaume Miravitlles, el que fuera comisario de Propaganda de la Generalidad durante la guerra, que retrata a la perfección cuál es el genuino sentimiento de aborígenes y asimilados en torno al muy tedioso asunto de la secesión. "¿Quiere usted la independencia?", pregunta alguien. Y un señor de Lérida responde: "Por supuesto". "Entonces tiene que apretar este botón durante 10 minutos", ordena el otro. Instante en que, airado, replica el catalán: "Pero ¿cree usted que yo no tengo nada mejor que hacer? Ni hablar, no puedo quedarme aquí 10 minutos, perdiendo el tiempo". En fin, se non è vero, è ben trovato.

He ahí, por cierto, la diferencia fáctica entre una consulta popular y una verbena, como las que el próximo domingo se concelebrarán en ciento sesenta pedanías, aldeas y villas de la Cataluña profunda, ésa cuyas lindes se superponen con el mapa del irredentismo carlista en el XIX. Se trata de un principio básico recogido en cualquier manual de introducción a la teoría económica. A saber, si el precio es cero, la demanda tenderá a infinito. Razón última de que el sufragio durante una performance de un paisano de Vic empleado en Telefónica, suscriptor de una hipoteca en Caja Madrid, abonado a los servicios eléctricos de Endesa, accionista del Ibex y titular del fondo de pensiones del Santander, posea un valor prospectivo equiparable al de la música celestial. Tratándose de toreo de salón, es sabido, hasta el apuntador gasta más agallas que José Tomás.

Premisa mayor, la del animus jocandi, esto es, de la coña marinera, ineludible con tal de aprehender el significado cierto de ese programa dominical de actividades extraescolares. Magna calçotada retórica promovida por el notario López de CiU (no confundir con el López del editorial, ni con el muy insurreccional López de la Esquerra) que no contará con observador internacional alguno. Y es que nadie por ahí fuera se ha prestado a avalar la charlotada. Una contrariedad que deja en manos de la prensa nacional tanto el éxito propagandístico del simulacro como su ulterior legitimación política. Piense en ello la tropa mediática de la capital antes de lanzarse con el facilón y previsible De Profundis. Háganlo, aunque sólo sea durante diez minutos.
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