El botín africano de Sánchez

José García Domínguez

La presidencia de Adif para una chica de la parte de Becerreá que es hermana de otra chica también de Becerreá que iba a ir para lo de la televisión pero que ahora habrá que meterla con calzador en otra cosa porque parece que la vetan unos que quieren colocar a un tercero de su propia cuerda en Prado del Rey. La presidencia de Renfe, para Pancho Táboas, el amigo de juventud de Iceta que se licenció en Historia en la Autónoma de Barcelona para llegar bien preparado al mundo de la gestión de infraestructuras estatales mastodónticas cuando fuera mayor. La nómina de la Delegación del Gobierno en la Zona Franca del Puerto de Barcelona para Pere Navarro, de profesión sus labores, que estaba ocioso en su casa desde que el ya mentado Iceta lo desalojó de la primera secretaría del PSC. La Dirección General de Tráfico para otro Pere Navarro, también del PSC, uno que siempre se postula para eso del tráfico y las multas cada vez que el PSOE amarra la Moncloa. Y así tres mil o cuatro mil cargos y carguitos más, la inmensa mayoría de ellos caracterizados por la dimensión exclusivamente técnica, especializada y gerencial que demanda su recto desempeño. El puro y duro reparto de un botín de guerra entre los cuates del partido de turno, antes el PP y ahora el PSOE, que, por lo demás, todo el mundo aquí, empezando por la prensa, considera práctica normal y razonable pese a tratarse España de un país no africano a primera vista.

Porque aquí el problema no es que vaya a volver el Frente Popular. El problema de verdad, el real, es que lo que ha vuelto es el siglo XIX de Galdós, don Benito el Garbancero y aquellas historias suyas de los cesantes que se iban a vivir debajo de un puente cada vez que cambiaba el Gobierno en Madrid. No es un asunto menor, baladí o un lamento propio de moralistas puritanos que añoren el espíritu añejo del regeneracionismo. Bien al contrario, es un pesado lastre que impide la plena homologación europea de España. Un lastre clientelar, arcaizante y generador de mil ineficiencias crónicas y estructurales en el sector público que España comparte con los otros dos garbanzos negros de la Unión Europea: Grecia e Italia. Los otros dos países de la Unión donde los defraudadores fiscales alcanzan casi la consideración de héroes populares, mientras el reparto a calzón quitado de los empleos estatales entre entre los miembros del partido ganador de las elecciones se considera poco menos que una obligación ética por parte del presidente de turno. Hay muchas cosas que los europeos no tenemos que copiar de Estados Unidos, la primera gran democracia de la Historia, porque en nuestros países funcionan mucho mejor, pero convendría que aprendiésemos de la biografía tan tormentosa de sus instituciones de gobierno.

Norteamérica, precisamente por haber sido la primera democracia plena que hubo en el mundo, fue el país donde se inventó el clientelismo político a gran escala. Demócratas y republicanos, a imagen y semejanza de lo que ahora hacen en España PP y PSOE, se repartieron durante más de un siglo el pastel de los empleos estatales cada vez que llegaban al poder. En 1849, el presidente Zachary Taylor reemplazó al 30% de todos los funcionarios en su primer año de mandato; el demócrata James Buchanan sustituyó a un porcentaje similar de funcionarios en 1857, a pesar de haber llegado a la Casa Blanca sustituyendo a otro presidente que procedía de su propio partido, Franklin Pierce. Y así todos. Los partidos nombraban y cesaban hasta a los carteros que repartían el correo. Durante gran parte del siglo XIX, pues, Estados Unidos no fue muy distinto en el modo de dirigir sus asuntos públicos de como son hoy, en pleno XXI, Guatemala, Nicaragua, Argentina, Grecia o la España de Pedro Sánchez. Pero si ahora lidera el mundo, en particular la economía, es porque llegó un instante en el que su propia sociedad fue capaz de organizarse para acabar con aquel estado de cosas, forzando la creación de una Administración Pública moderna, profesional, estable, independiente y ajena a las disciplinas partidarias. O los imitamos primero en eso o nunca los podremos imitar en nada.

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