Rubalcaba

El antisistema

José García Domínguez

Ni siquiera ahora, ya en la última vuelta del camino, el emérito Rubalcaba concede renunciar al modus operandi de todos los demagogos que en el mundo han sido: predicar doctrinas que saben falaces a un público que saben idiota. Empeño, ése de embaucar con retórica huera a las capas más acéfalas del censo, en el que al parecer no le importa compartir discurso con la flor y nata de los antisistema. Igual con los energúmenos de la extrema derecha que con sus pares del 15-M. Diríase que allí donde estén los enemigos confesos de la democracia representativa, o sea, de la democracia, allí estará Rubalcaba. Razón acaso de que en su visita a la provincia de Barcelona le haya faltado tiempo para lanzarse a deslegitimar no al Tribunal Constitucional, sino a la Constitución misma.

Aunque no termine de quedar claro a quién desprecia más el postulante, si a la masa catalanista, su oscuro objeto de deseo, o a la inteligencia. Que "un tribunal no debe corregir la soberanía de un pueblo", ha sentenciado a modo de única pista. Soberbia cogitación que apenas admite dos interpretaciones con arreglo a los principios de la lógica cartesiana. A saber. O Cataluña es una nación soberana y nadie en los últimos quinientos años había reparado en el detalle. O la organización de la Fiesta de la Rosa incurrió en un exceso manifiesto con la generosa ración de ponche que le fue servida a su ilustre invitado.

En cualquier caso, como la Esquerra, como Batasuna, como Otegi, como Usabiaga, como Ternera, como Txeroki, quien manda en el PSOE también semeja empecinado en ignorar que la Carta Magna fue refrendada en su día tanto por catalanes y vascos como por el resto de los españoles. En el capítulo catalán, por cierto, con muchísimos más votos populares que el tan cacareado Estatut. Una evidencia de Perogrullo que, siguiendo el sutil razonamiento del candidato, llevaría a que el TC no pudiese enjuiciar ninguna ley emanada del Congreso de los Diputados. En fin, tras una existencia volcada en la vida pública, muchos políticos comienzan a mirar hacia la Historia. Él, sin embargo, prefiere continuar con la vista fija en el vulgo. Ora para adularlo. Ora para engañarlo. Triste, sórdido final el suyo.

A continuación