Cataluña

El affaire Manolo

José García Domínguez
Sostenía el maestro Pla que don Estanislau Figueras, a la sazón primer presidente de la Primera República española, fue varón culto, correctísimo, refinado en los modos, pulcro como pocos en las formas. Y añadía que entre las muchas virtudes civiles del tribuno Figueras, no fue la menor el que todas las noches, tras la cena y antes del resopón, profesase como tertuliano en la oficina de farmacia que explotaba don Narcís Moragas. Pues, concluía el genio ampurdanés que, por aquel entonces, el magisterio sobre lo que es menester inexcusable practicar en esta vida se impartía en las trastiendas de las boticas. A saber, el sano escepticismo, la creencia en que la debilidad humana es infinita, la sensación de que el mundo no tiene remedio y de que todos somos aproximadamente iguales. Dicho todo lo cual en descargo de la memoria de don Estanislau, procede hoy recordar aquella gran frase suya, la que le valió una página de oro en la Historia de España. Y es que cuentan las crónicas que, presidiendo un Consejo de Ministros, Figueras, harto de custodiar estérilmente tamaño melonar, gritó en catalán:
 
- Señores, ya no aguanto más. Voy a serles franco: ¡estoy hasta los cojones de todos nosotros!
 
En ese fraternal y solidario “nosotros” diríase que va a residir la única discrepancia entre los dos mesías del cantonalismo ibérico. Ya que Maragall acaba de dejar claro que también él está hasta salvas sean las partes, pero sólo del prójimo. Un sentimiento, por otra parte, recíproco entre los de su partida. De ahí que el sábado Montilla lo amenazase a grito pelado con descabalgarlo de las listas, tras ser apercibido por el President con un adelanto electoral de no claudicar ante su pretensión de cambiar el Govern. Salida de tono, la del cordobés, que tampoco se acaba de entender, al ajustarse la crisis ansiada por el tete del Ernest a la más estricta ortodoxia del catalanismo progresista. Así, tal como ordenan los cánones de Casa Nostra, Joaquim Nadal, el Consejero del Carmelo, es el único que tiene garantizada por Maragall su continuidad en la Plaza de San Jaime. Pase lo que pase y caiga quien caiga.
 
Por lo demás, augurándose dramática la tangana que se avecina, nunca podrá revivir la virulencia del célebre affaire Manolo, una querella que a mediados de los ochenta escindiera las dos almas del PSC barcelonés: el aparato y los validos de Pasqual I el Olímpico. En aquella Icaria de los atascos de yates socialdemócratas en el puerto, al compañero Manolo (no el del Bombo, sino el chofer de Pujol, que presidía la mayor agrupación socialista del extrarradio) se le ocurrió reclamar un ridículo mendrugo de pan. Pretendía, el osado, colocar a uno de los suyos para llevar un centro vecinal, o algo así. Y los incautos, hasta amenazaron con una huelga de militantes: cerrarían el local del partido si no les lanzaban alguna sobra del festín. Aún hoy duran las carcajadas en la corte de Maragall a cuenta de aquello. Como para que les vuelvan los manolos exigiendo ahora consejerías. Y hasta resopón.      
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