¿Dónde se esconde el miedo a Podemos?

José García Domínguez

Contra lo que se empeña en predicar Pablo Iglesias, el miedo no ha cambiado de bando. O eso dicen, unánimes, las últimas encuestas publicables, las aireadas en las portadas la prensa del domingo pasado. Así las cosas, o se equivoca Iglesias o continúa siendo tan cierta como siempre aquella sentencia célebre, la que sostiene que hay mentiras, grandes mentiras y estadísticas. Sea como fuere, aquí está ocurriendo algo muy extraño con los sismógrafos sociológicos. Y es que pocas veces en la historia contemporánea de España se ha apelado al miedo, ese miedo cerval que las capas más tradicionales de clases medias llevan inscrito en el ADN, de modo tan intenso como en esta interminable campaña electoral, la que empezó la madrugada misma del 20 de diciembre. Y en España el miedo funciona. Siempre funciona. Simplemente, funciona. Funcionó cuando esa misma clase media estructuralmente medrosa votó en masa a UCD en los inicios la Transición, no por convicción ideológica alguna sino por la memoria aún viva de la guerra civil.

Era el miedo que volvería a funcionar muy poco después, ya con el PSOE en el poder, cuando a la derecha tonta se le ocurrió juguetear con impedir la permanencia en la OTAN por la muy lerda vía de propugnar la abstención en el referéndum. Al final, aquello tuvieron que arreglarlo al alimón entre Enric Sopena, por entonces comisario de los telediarios de RTVE, que se hartó de sacar primeros planos de viejos comunistas con pinta de comerse niños crudos en la única caja tonta de la época, y el gran José María García, que irrumpió en plena la jornada de reflexión en Prado del Rey para amenazar a sus fieles devotos radiofónicos, que eran legión, con la condena eterna en caso de que perdiese el pulso el Gobierno de Felipe González. Pero es que el miedo congénito de la España temblorosa igual había sido testado en 1980, un par de años antes, en la Cataluña que todos creían roja, rojísima.

Aquella Cataluña en la que se daba por sentada la hegemonía indiscutida e indiscutible de los eurocomunistas gramscianos del PSUC en previsible contubernio con los muy afrancesados socialistas de Reventós y Obiols. Fue el miedo aventado por la fiel infantería mediática a instancias de Ferrer Salat y otras lumbreras del empresariado quien obró el milagro de que Jordi Pujol, un tercero en discordia con el que apenas nadie contaba, desarbolara contra todo pronóstico a la izquierda catalana, abriendo de par en par las puertas al caballo de Troya secesionista. Porque como ya se ha dicho ahí arriba, en España, el miedo funciona. Ha funcionado tan bien siempre que resulta demasiado sospechosa su ausencia aparente en las estimaciones de voto de las ultimísimas catas demoscópicas. Una de dos, o la España profunda ha dejado de ser tan profunda en menos de medio año, mutación harto improbable, o hay una gran bolsa de voto oculto al Partido Popular que no aparece por ningún lado en las encuestas. Que me temo que sí.    

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