¿Dónde está el Voltaire musulmán?

José García Domínguez

Alá no es el culpable del terrorismo que se practica en su nombre. Señalar a la religión islámica atribuyéndole, tal como se han apresurado a hacer tantos populistas de todo pelaje a ambos lados del Atlántico, la paternidad última de los crímenes del ISIS, además de una absoluta irresponsabilidad, constituye un ejercicio de falsedad no menos absoluto. Falsedad que, excluido el simple oportunismo, tiene su origen en la confusión de dos conceptos, fundamentalismo e islamismo, que si bien emparentados remiten a significados distintos y distantes. Porque no son lo mismo. En absoluto son lo mismo. Y tras ese error tan extendido, el de tomarlos por sinónimos, hay que buscar el origen del miedo irracional al islam que ha terminado apoderándose de la opinión pública en Occidente.

El fundamentalismo es algo consustancial al islam, al igual que lo ha sido a lo largo de la historia a otros grandes cultos organizados, como el cristianismo o el judaísmo. Y es que solo tras una larga batalla cultural, aquella que empezó en el siglo XVIII con los libertinos de la Ilustración y cuyas últimas escaramuzas aún perduran hoy, los cristianos fundamentalistas terminaron aceptando la retirada de las prácticas religiosas hacia la esfera estrictamente privada e íntima. Más de doscientos años ha costado en Europa que el dios de los cultos cristianos se abstuviera de marcar las pautas de la vida pública. Es un hecho de sobra contrastado que ninguna religión, ninguna, se resigna a evacuar el espacio institucional sin presentar severa resistencia. Y el islam tampoco constituye la excepción. Algo que, sin embargo, nada tiene que ver con el islamismo, voz que remite a una ideología política, no al afán de hacer obligatorios para la comunidad en su conjunto los preceptos morales de una determinada práctica religiosa.

De ahí que todos los islamistas resultan ser fundamentalistas, pero no todos los fundamentalistas tengan por qué ser islamistas. Y, de hecho, la mayoría de ellos no lo son. Esa estricta distinción entre lo público y lo privado, algo consustancial al humanismo laico que inspira los valores europeos occidentales, aún es algo por entero ajeno tanto al islam como al judaísmo ortodoxo. En esa radical incompatibilidad entre sus valores seculares y los nuestros, que no en el islamismo, es donde radica el genuino conflicto que los enfrenta a Occidente. El islam más devoto ha devenido incompatible con los principios que inspiran la convivencia civil en Europa no porque fomente el terrorismo, una acusación del todo injusta, sino porque aboga por una regulación religiosa de la moral pública que repugna a nuestras leyes y valores. Así las cosas, mientras los devotos del islam en Europa insistan en la pretensión de imponer una moralidad colectiva en el espacio público seguirán instalados fuera de lo admisible. ¿Dónde estará el Voltaire musulmán?    

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