Causas de la crisis

Disquisiciones antropológicas

José García Domínguez

Uno podría haberse hecho liberal por una súbita fe en los axiomas económicos alumbrados por Hayek o cualquiera de sus pares, los pioneros de la ortodoxia marginalista. Por ejemplo, podría haber caído de bruces ante la elegancia formal del modelo de la competencia perfecta, ése que nos promete el nirvana de Pareto, la asignación eficiente de los recursos. Sin embargo, no es el caso. Y es que si uno devino liberal no fue porque le importara una higa el concepto de eficiencia, ni tampoco porque diese en rendir culto a esa otra abstracción metafísica llamada "mercado", sino porque un día, simplemente, dejó de creer en la especie humana.

Uno es liberal por eso, por su profundo, radical pesimismo antropológico; porque sabe que los hombres son malos por naturaleza –y las mujeres peores –, no porque piense que al director del banco de la esquina le asista algún derecho inalienable para marranear con hipotecas incobrables de Arkansas a espaldas de la autoridad monetaria. De ahí que uno, misántropo a fuer de liberal, no tenga previsto echarse a llorar desconsoladamente en cuanto los gobiernos se animen a dar la orden de cierre en esos garitos de juego y apuestas que aún se encubren bajo el respetable nombre de sistema financiero.

Sí, garitos de juegos y apuestas que han abdicado de su única razón de ser: ejercer de meros intermediarios en el proceso de convertir el ahorro de las familias en inversiones productivas para las empresas. Olvidada finalidad germinal que, huelga decirlo, nada tenía que ver con la enfermiza adicción a esos temerarios juegos de magia que, sin excepción, se basan en el manido ardid del apalancamiento. Ahora con los derivados sobre las subprime, antes con los bonos basura, algo antes con la quiebra del Long Term Capital Management , antes de algo antes con la bancarrota en cadena de las cajas de ahorros en USA, antes de eso otro con lo del crack del 29.

Y antes de lo del crack del 29, con la incrédula perplejidad del primer broker medieval que descubrió el prodigio de los prodigios, el supremo milagro de los panes y los peces financieros, a saber, que podía imprimir billetes por un valor muy superior al de los lingotes de oro guardados en su caja fuerte, las reservas reales y tangibles que, en teoría, garantizaban aquellos trozos de papel. Al cabo, siempre es lo mismo. Tras cada hecatombe sistémica provocada por los genios de las finanzas se esconde idéntico truco del almendruco: el crecimiento irresponsable, enloquecido y sin control de alguna forma de deuda garantizada por un activo real muy inferior al volumen de aquélla.

Y el Bobo Solemne, convencidísimo de que todo esto es un invento de los neocon.
A continuación