Crisis

Diga lo que diga Obama

José García Domínguez

Quizá Grecia quiebre mañana o quizá tarde aún un par de meses en desmoronarse, pero quien ya ha presentado su declaración formal de bancarrota es la teoría económica ortodoxa. La ciencia lúgubre que ha tenido que ir deshaciéndose, uno tras otro, de sus andrajosos modelos teóricos, inane cartografía que, de un tiempo a esta parte, nada explica sobre la realidad. Modelos y premisas que ahora mismo suenan a broma de patio de colegio. Como el dogma que presumía la más estricta racionalidad cartesiana en el proceder de los mercados financieros.

Una fantasía que la histeria gregaria de los gestores de fondos refuta a cada instante. Y es que detrás de ese arcano misterioso, los mercados, poco más hay que unos miles de asalariados asustados. Anodinos empleados por cuenta ajena que, como cualquier operario, se ven sometidos a evaluaciones trimestrales de su rendimiento. De ahí que tiendan de forma instintiva a la conducta de manada a fin de salvar la piel. Y que en la práctica cotidiana los míticos hedge funds no conozcan filosofía distinta a la de aquel célebre Vicente, el que siempre iba allí donde fuera la gente. Fieles a ese espíritu pastueño, todos acudieron a Grecia al tiempo y todos huyen de allí a la vez. Como juntos y en unión arrasarán Portugal, la siguiente pieza a batir en la cacería del euro.

Por eso, Thomas Friedman lo bautizó "el rebaño electrónico". Y por eso su potencial destructivo no conoce límites una vez iniciada la estampida. Desencadenado el pánico, son como un ciego con una pistola. Así las cosas, o el capitalismo acaba con ellos en su mutación actual o, más pronto que tarde, ellos acabarán con el capitalismo. Por lo demás, a día de hoy apenas resta un único lenguaje que sean capaces de entender: el de la firmeza. Razón última de la muy desconcertante paradoja inglesa. A saber, el Reino Unido, con una deuda pública desbordada y un déficit de caballo, sin embargo persiste por completo inmune a la santa ira de los mercados. ¿La explicación? Igual que la música calma a las fieras, la tan denostada maquinita de hacer billetes, un juguete al que Su Graciosa Majestad nunca renunció, arruga al especulador más engallado. Sea como fuere, caiga o no caiga Atenas, el viejo paradigma rueda por los suelos. 

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