Gallardón

“Dies Irae”

José García Domínguez

La voz de bronce de las campanas del Palacio de las Ratas, el laurel fúnebre de la conseguidora célebre, la lágrima reptil de Blanco, los crespones de luto en todos los balcones del Palau de la Generalitat, los dos mil cirios ardiendo en el tumulto gigantesco coronados por el triángulo y el compás que se elevan en Ferraz, lloran esta mañana, con esa tremenda expresión que a veces tienen las cosas sin ánimo (de lucro), la muerte del Capitán del Centro.

Hasta el sol y el paisaje han cubierto su inmutable indiferencia con el velo de la niebla y la lluvia que cae sobre la ciudad –“lacrima coeli”–, una lluvia fina (todavía hay clases) y gris (perla). El instinto, el subconsciente y Moreno nos han repetido sus frases, sus profecías, sus oraciones subordinadas (ante él jamás pronunció otras); no ha sido voz de ultratumba la suya; ha sido voz palpitante de vida, aunque no de Esperanza; de la vida y el afán de todos estos magníficos camaradas de la Vieja Guardia, Cebrián, Cobo, Piqué, Fefé…

La doctrina del Fundador vive en ellos como en los viejos tiempos que nunca volverán. Y si el cuerpo de Alberto yace hoy fiambre bajo la lápida, su espíritu tiene calor de vida en la de todos esos camaradas. Se nos murió el Capitán y, ¡ay!, el Dios misericordioso no nos dejó otro. Que ante la tumba apenas hemos oteado la triste estampa de don Manuel. Mas he ahí el mensaje recto de sentido y enderezador de la historia que Gallardón traía, fecundo y germinal en la siempre clarividente testa del de Villalba.

Y así, en este día de dolor –“Dies irae”–, a las once –once campanadas densas de todos los relojes han sido heraldos del vuelo de su presidencia –, la corona del laurel portada por manos heroicas de viejos camaradas ha llegado desde las cafeterías de Serrano, y, entre la doble fila de cesantes –cirios a la Virgen encendidos en sus manos –, ha pasado al Patio de los Reyes del Mambo y ha entrado en el crucero. Ha sido depositado sobre la lápida de mármol donde grabado está el nombre de la rosa, además de la palma de honor y martirio de Prisa. Deprisa y corriendo, por cierto. Pues, entre los invitados de la familia, ni rastro había de la huella indeleble del dolor en los semblantes.

Eso sí, mientras el coro entonaba el “Cristus Vinci” y los registros del órgano cantaban la elegía del héroe escangallado y fané, a nosotros nos parecería oír la clara palabra de Zarzalejos elevarse allí donde el mármol vela su egregia testa engominada. En fin, al menos una alegría tenemos: la de ver que al pobre Alberto no le sucede alguien como el que ahora lleva a España por los senderos que en vida tanto ansió. Amén.

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