Día de la Marmota en el Parlament de Cataluña

José García Domínguez

Suma y sigue. El derecho a ser como la República de Somalia, único Estado del mundo que reconoce en su Constitución la prerrogativa de independizarse a las distintas tribus que lo integran, ha vuelto a ser vindicado en el Parlament de Cataluña. Esta vez, contando con el concurso entusiasta del PSC. A propósito de ese asunto, el de la eventual secesión de Cataluña, acaba de escribir Francesc de Carreras con lúcido sarcasmo que parece que el Gobierno de Rajoy no es partidario. Y en efecto, parece estar en contra de tal eventualidad. Aunque solo lo parece. Y es que el Ejecutivo, acaso poseído por una invencible molicie, aún no ha considerado oportuno explicar al común por qué no es bueno romper España.

Diríase, no obstante, que el inconveniente mayor remite a un desafuero administrativo: la improcedente invasión de tal o cual competencia normativa por parte de la Cámara autonómica. De ahí esas sesudas cuitas leguleyas sobre si cabe o no interponer recursos judiciales contra las proclamas levantiscas. Peripatética la relación que siguen manteniendo nuestras elites políticas con la idea misma de la nación. Para la izquierda, España es como un hijo tonto, una criatura a la que no queda más remedio que mantener, pero de la que conviene hablar lo menos posible, mayormente en presencia de las visitas. Por su parte, la derecha todavía participa, aunque en la intimidad, de la añeja concepción romántica y esencialista que inspiró la eclosión de los nacionalismos en el siglo XIX.

Como Herder, creen con ingenuidad temeraria que las naciones son criaturas de la naturaleza que existen desde (casi) el origen de los tiempos. Pero no es verdad. En la madre naturaleza proliferan las piedras, las moscas, los ríos, el pescado blanco y azul, las nubes, el ganado, las gentes con sus respectivas hablas y tradiciones más o menos atávicas. En el mundo natural hay de todo, de todo salvo naciones. Por algo antes de que, allá en los estertores últimos del XVIII, irrumpiese en escena el primer nacionalista no constaba noticia ni de una sola sobre la faz de la Tierra. Porque las naciones, todas, son creaciones del nacionalismo. Y sin proselitismo nacional activo, más pronto o más tarde, deja de haber nación. Así de crudo.

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