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¿Descalabro socialista?

José García Domínguez

Nadie que haya ojeado las encuestas últimas dejando a un lado la fe del carbonero militante esperará que el próximo domingo sea 14 de abril. Más que nada porque el siniestro total del PSOE, aquél que daban por cierto los sondeos hace unos meses, no se vislumbra por lado alguno. Ni siquiera en Barcelona, donde una nulidad como Jordi Hereu aún podría salvar los muebles municipales del Tripartito. Y eso que apenas ha comenzado la genuina campaña. El recurrente déjà vu de la última semana, con el Pravda anunciando la arribada del hombre del saco y las televisiones sacando a pasear el espectro prostático de la extrema derecha. Invariable liturgia ante la que los conservadores, por entonces ya enrocados a la defensiva, procuran replicar con la estrategia Evax: hacerse invisibles cuanto antes y por la vía de urgencia.

Epílogo rutinario de un guión que, por norma general, se suele saldar con la rebaba de algún crescendo socialista. Así las cosas, mejor harían en Génova olvidando su variante particular del cuento de la lechera. Esa fantasía que auguraba inminente un adelanto de las generales como corolario del descalabro gubernamental en autonómicas y municipales. A fin de cuentas, ganarle a los puntos a Zapatero, que es como pegarle a un niño, no será hazaña que precipite el Apocalipsis. Si bien se mira, ésos del PP resultan ser los últimos marxistas que quedan en Europa. Y es que, aunque no lo sepan, lo suyo es el materialismo histórico. De ahí la fe ciega con que todo lo subordinan a la economía.

Exactamente igual que su mentor intelectual, también creen a pies juntillas que la existencia social determina la conciencia. Como sus pares, Lenin, Zinoviev o Kamenev, don Mariano presume que la superestructura constituye mero reflejo de las relaciones de producción. Razón última de que pretenda suya la victoria con únicamente recitar la matraca de los cinco millones de parados. El poder, barrunta, se lo van a regalar las estadísticas del Inem. Vaya usted a explicarle, pues, que, desde el entierro de las ideologías, la política consiste en una guerra cotidiana por el control del imaginario. Una guerra cuya línea del frente se fija en los medios. Y no precisamente en el Marca.

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