Cataluña

De la larga lengua de Pujol

José García Domínguez

Descontando que los patriotas de la Esquerra iban abstenerse de salir mojados en la eterna dialéctica hegeliana entre los principios y las piscinas, di en seguir el Debate del Estatut más pendiente de la forma que del fondo. De ahí que reparara en lo pobre, rudimentario y tosco del castellano que, en general, manejan los representantes de nuestra región en el Senado. Así, el rubor que, poco a poco, comenzó a invadirme se convertiría en llaga lacerante, al comparar su verbo abrupto con la prosa florida de sus gemelos, los nacionalistas vascos. Pues, digan lo que digan del peluquero de Anasagasti, al menos ese señor demostraba ser capaz de saber construir una frase en español tal como Dios manda, algo para lo que parecían incapacitados casi todos mis tribunos.

Por lo demás, celebro no ser el único alarmado por esa triste limitación cultural que padece la elite política catalana. Así, Jordi Pujol, con la intención inequívoca de ejercer el título de "Español del año" con el que en su día lo homenajeara el ABC, abundó en la misma lacra, sólo cinco minutos después de que en la Cámara Alta concluyese aquel bochorno gramático. Como es sabido –y si no que se lo pregunten a Manuela de Madre– Pujol considera inmigrante a cualquiera cuya hélice del ADN no coincida al milímetro con la de Vifredo el Velloso. Razón de que su primera reflexión tras concluir el pleno sólo pueda ser interpretada como otra muestra más del oprobio que tantos telespectadores domésticos sentimos ante tan triste espectáculo.

"Los inmigrantes tienen el deber de adaptarse a Cataluña y de aprender la lengua del país", sentenció con voz grave y gesto firme el patriarca al saber aprobado el Estatut. Qué propósito tan noble y qué gran verdad encierran esas lacónicas declaraciones, que por el bien de todos no deberían caer en saco roto. Y es que, sin duda, lo que late bajo la renovada advertencia, lo que en verdad escandaliza al gran estadista, es la endogamia sintáctica y el autismo léxico de nuestra casta dirigente. Ahí, Pujol lleva más razón que un santo.

Tanta que los habitantes de Cataluña, igual la mayoría castellanoparlante que quienes disponemos de otras lenguas maternas, albergamos el deber cívico de emprender un gran esfuerzo pedagógico en esa causa benemérita. Por ejemplo, deberemos ayudar a que el senador Bonet, de ERC, se integre en la realidad lingüística de su ciudad, Barcelona, para que no siga avergonzándonos, al expresarse en castellano como los apaches en las películas de John Ford. Y ya que el muy ocupado Piqué no está por la labor, habrán de ser los diputados de Ciutadans de Catalunya quienes ejecuten la orden del Muy Honorable Pujol, introduciendo, por fin, el español en el Parlament. Es de justicia.
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