Qatar

De la CECA a La Meca

José García Domínguez

No sé yo qué pensaría el padre Francisco Piquer, santo varón que en su día fundó el Sacro y Real Monte de Piedad de las Ánimas del Purgatorio, germen primero de las cajas de ahorros, contemplando a la parentela de Mahoma, con el sultán de Qatar a la cabeza, tomar posesión de su obra a cambio de cuatro chavos. Por ventura la Providencia, siempre indulgente, lo libró de asistir en vida al espectáculo crepuscular. Inquietante, por lo demás, la vaga sensación de déjà vu que comienza a impregnar ese proceso apenas germinal, el de la segunda gran desamortización de la Historia de España tras la célebre del XIX.

Ante un Estado en quiebra, los intereses clientelares de sus albaceas de entonces, simplemente, castraron el devenir económico de la nación durante un siglo. Acaso como ahora. A fin de cuentas, la crónica de nuestro subdesarrollo anunciado estaba escrita en las leyes de desamortización decimonónicas, igual en las eclesiásticas que en las civiles. Inquietante, decía, el paralelismo. En tiempos de Isabel II, una elite política también mediocre, también proclive al vuelo gallináceo y también sabedora de su propia provisionalidad, logró lo en apariencia imposible: consumar una revolución burguesa contra la burguesía. Que de ahí las taras congénitas del capitalismo patrio, ya en adelante anémico y canijo sin remedio.

Gran hazaña la de aquellos progresistas de salón: justo después de expropiar a las manos muertas del Antiguo Régimen, iba a haber más rentistas indolentes en España que nunca antes a lo largo de los siglos. "En realidad, la desamortización eclesiástica", concluye al respecto el profesor Jordi Nadal, "se llevó a cabo con el doble fin de sanear la Hacienda Pública y asegurar en el poder a los liberales". Inquietantes, insisto, las similitudes. La mitad del sistema crediticio puesto en almoneda, a precios de saldo, para exclusivo goce de los compañeros de viaje del poder político. Y en el horizonte inmediato, de nuevo los grandes latifundios erigidos a la sombra del favor estatal. Ayer, agrícolas. Hoy, financieros. Siempre, parasitarios. El dulce oligopolio a resguardo de los fríos vientos de la competencia, eterno retorno a la siesta española, he ahí el porvenir cierto de la banca doméstica de consumarse el presagio. Y los de la CECA, mirando a La Meca.

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