Derecho de autodeterminación

De inventores de naciones y otras hierbas

José García Domínguez

Entre las condenas rutinarias que invariablemente se suceden cada vez que Gara entrevista a un fulano encapuchado tratándolo de usted, siempre echo de menos la más obvia. A saber, que al tipo de la foto, primero, le quitas la pistola, la sábana de la cabeza y las chirucas de los pies; le arrancas después el arete de la oreja; a continuación, le depilas tres veces el entrecejo; luego, lo rocías con un buen desodorante antes de anudarle al cuello una corbata de Hermes. Y cuando acabas, lo que te queda es Artur Mas pronunciando una respetable conferencia sobre los derechos históricos en el salón noble del club Siglo XXI. Porque lo único que cambia es la forma, nunca el fondo, nunca la infinita estulticia intelectual de todos los nacionalistas.

Al cabo, tanto los torpes circunloquios de ese gudari que apenas sabe manejar una Browning como las cansinas falacias del otro, el que sí se defiende con la paleta del pescado, se resumen en una misma tautología: "Mi nación exige ser soberana porque es una nación. Por tanto, tú, vosotros, ellos y los de más allá estáis obligados a respetar su sagrado derecho a la autodeterminación". El problema es que no hay forma humana –ni animal– de acotar los límites de una nación que no existe pero que es una nación. Ninguna, salvo que los nacionalistas de hoy se plieguen a dar retrospectivamente la razón al gran Aranaz de Castellanos, aquel liberal bilbaíno del XIX que resumía tal que así las enseñanzas de Sabino Arana: "Quitéis las boinas y tocarvos un poco por la parte de arriba. Aplastao tenemos el serebro igual que un plato, de la costumbre que nuestros antepasaos tenían de llevarse piedras grandes de un lao pa otro cuando vivían en las cavernas".

Claro que Mas cree que tan enojoso asunto ya lo resolvió Renan en su día –el de Gara aún está en lo de las piedras–, y que la nación que tiene derechos porque es una nación se revela subjetivamente a los mortales, que le da forma "el conjunto de individuos que comparten la voluntad de vivir en común". O sea, que a los polígamos les asistiría el legítimo derecho de emitir moneda. Igual que todos los hostales de inquilinos de Segovia conservarían la prerrogativa inalienable de nombrar representantes estables ante la Asamblea General de la ONU. En fin, tampoco caen, ni el uno ni el otro, en la evidencia lógica de que si las naciones tienen derecho a decidir porque son naciones, nada hay más absurdo que reclamar un referéndum de autodeterminación. Pues, si se jura y perjura que la nación ya existe antes de que se vote su nacimiento o no, ¿qué valor habría de tener el resultado de la consulta?

Y pensar que por esa solemne idiotez estén decididos incluso a matar.

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