Opinión

De concubinas y amancebados

José García Domínguez
Hace sólo dos portadas del ABC, ante las Supremas de Perpiñán, esos ojillos vivarachos y chispeantes de Patxi López parecían recitar: “los muertos que vos matáis gozan de buena salud en el cuarto de los juguetes rotos de La Moncloa”. Si así fuera, por una vez, no mentirían. Igual que no falta a la verdad el otro Trío Calavera, ése que ordena y manda en Barcelona y Madrid, cuando felicita eufórico a Rodríguez y le da la bienvenida al club.
 
“Por un país de tontos”, rezaban las pancartas prescindibles –por obvias– de los profesores de Filosofía que van a ser extraditados de las aulas a manos de la sonrisa Profident más limpia de Occidente. Diríase que esos pobres desahuciados, las penúltimas ofrendas al púlpito del dios de la Incultura –o como declamaría Zetapé, de Todo Lo Que Es La Incultura–, ya son los únicos que recuerdan el Pacte del Tinell. Porque el lema de la otoñal concubina que dio a luz al tripartito tras llevar al altar a su ajado amancebado, se parece como dos gotas de agua al epitafio de los filósofos. “A por ese país de tontos”. Así resume la divisa de Carod el documento previo al “Sí quiero” que pronunciara Maragall mirándole a él y a su pequeño ahijado comunista; aquél que se solemnizó hace junto un año y medio en el Palacio de los Condes de Barcelona.
 
Y es que en la letra no tan pequeña del contrato de su sociedad de gananciales, se especificaba: “Los partidos firmantes del presente acuerdo (…) se comprometen a impedir la presencia del Partido Popular en el gobierno del Estado, y renuncian a establecer con él pactos de gobierno y pactos parlamentarios estables en las cámaras estatales”. Además, por si alguno de los contrayentes estuviera tentado de rehuir sus deberes conyugales, una disposición transitoria recalcaría: “Las fuerzas políticas representadas en el Govern de Cataluña se comprometen a que los acuerdos adoptados por el Govern reciban el apoyo explícito de sus representantes en el resto de instituciones (Congreso, Senado, Parlamento Europeo)”. Blanca y radiante compareció aquella tarde la Esquerra del bracete de Maragall. No era para menos: le sobraban los motivos. Porque aún se concertaría una tercera capitulación. Ésa que ordena: “Los acuerdos adoptados por el Govern serán vinculantes para todos sus miembros en las negociaciones con las otras administraciones”.
 
Dicho y hecho. Al día siguiente de ver a ERC redimida en respetable ama y señora de su casa –y de la del prójimo–, Carod se agarró un chofer de Terra Lliure, y partió raudo hacia Perpiñán. Tenía prisa por diseñar la segunda transición con los managers de las amigas de Patxi. Después de aquello, ya sólo faltaba Rodríguez en el club; mas el Tinell lo dejaba muy clarito: con el PP, ni agua, ni Pacto Antiterrorista, ni acuerdos parlamentarios, ni pésame a las viudas si llegara el caso. Dieciocho meses se ha hecho de rogar el testigo del novio. Un año y medio con la pluma en la mano y sin decidirse a firmar. Hasta hace un rato. Hasta hace dos portadas del ABC.
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