Huelga

De cínicos, demagogos y charlatanes

José García Domínguez

Es fama que los políticos viven de adular a la muchedumbre y dar satisfacción a sus bajos instintos. Pero incluso entre los profesionales del embeleco más viejo del mundo, ése de siempre decirle a la gente lo que quiere oír, hay clases. Dos, para ser precisos. En la primera, sin distinción de credo, nacionalidad o ideología, se agrupan todos los estadistas europeos en activo, desde Angela Merkel, Nicolas Sarkozy y David Cameron hasta Silvio Berlusconi, José Sócrates, Brian Cowel o Georges Papandreu. En la otra, solo y a sus anchas, mora el ínclito Esteban González Pons.

Así, mientras Alemania mutila las nóminas a sus empleados públicos e Inglaterra pone en la calle a trescientos mil, Vladímir Ilich Pons anda por ahí enardeciendo a la vanguardia del nuevo sujeto revolucionario de la derecha cañí: los servidores vitalicios del Estado. "Si yo fuera funcionario estaría hoy en huelga", dicen que dijo ese funcionario de Génova a los que, a diferencia de su caso, necesitaron superar antes una dura y competida oposición con tal de acceder al escalafón. Inmerso en el fragor de la lucha final, parece que González Pons ha olvidado que la soldada que lo alimenta, como las de sus iguales de los demás partidos, también procede del erario. De ahí que mejor hubiera hecho predicando con el ejemplo. Aunque lo de resistir un día entero callado, sin cometer otra frasecita ingeniosa, se ve que cae fuera del alcance de sus fuerzas. 

Como buen apparatchik, barrunta González Pons que el fin siempre justifica los medios, razón última de esas verbosidades iconoclastas para goce y disfrute de encefalogramas planos. Pequeñas miserias baladíes, se dirá. Y sí, apenas constituyen nimias fullerías propias de los de su oficio, pero representan la prueba de un gran drama, a saber, que la derecha política no ha comprendido nada. Aún no. Porque cuando llegue al Gobierno, que llegará, y pronto, el Partido Popular va a necesitar algo más que sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas; requerirá de eso que antes se llamaba honestidad intelectual, el atributo moral inexcusable para reclamar los muchos sacrificios que aún deberá hacer la sociedad española a fin de salir del pozo. Porque los que vienen no serán tiempos de cínicos. Y tampoco de charlatanes, don Esteban. Tampoco.      

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