Autodeterminación de Cataluña

Cuatro solemnes gansadas

José García Domínguez

El inalienable derecho a ser considerados a la altura de Zambia, Gabón y Senegal a todos los efectos descolonizadores vuelve a ser el eje central de la política doméstica en Barcelona. Por lo demás, el asunto es tomado tan en serio por los legítimos representantes del MLNL (Movimiento de Liberación Nacional de Liliput) que hasta Artur Mas, mirando a la Cámara con semblante dramático, se ha hecho un lío con el número de veces que se ha votado la soñada homologación al Tercer Mundo.

Así, el jueves, aseguró muy emocionado que en dos ocasiones anteriores el Parlament hubo de pronunciarse sobre la grave cuestión que no nos deja dormir a los aborígenes desde el origen de los tiempos. En realidad, fueron justo el doble, o sea cuatro, y todas bajo la hégira de Pujol. Pero ni el hereu se acuerda ya del guión de la comedia patriótica. La primera vez –toma nota Artur– fue en 1989. Entonces, con el voto entusiasta del estadista Duran Lleida, los diputados del Parque de la Ciudadela sentenciaron que "el pueblo catalán no renuncia al derecho de autodeterminación, tal como establecen los principios de los organismos internacionales".

Poco después, en 1991, y contando también con el sufragio eufórico del ministrable Duran Lleida, se acordó que "la recuperación de las libertades nacionales en el despliegue del derecho de autodeterminación deberá configurar de forma decisiva la nueva realidad de la Europa de los Pueblos, en la cual Cataluña quiere participar desde su personalidad nacional diferenciada". En 1998, una tarde que se aburrían porque no había partido del Barça, volvieron a redactar y votar otra resolución en la que anunciaban a la Humanidad el "derecho del pueblo catalán a determinar libremente su futuro como pueblo, en paz, democracia y solidaridad".

Y la última se acordó en 2002, cuando ratificaron su apoyo "al ejercicio de todos los derechos fundamentales y las libertades públicas de las personas, como los derechos de asociación, de participación política, de opinión, de manifestación, y el derecho al sufragio, además de las libertades democráticas colectivas expresadas en el derecho de los pueblos a la libre determinación". Cuatro, Artur, cuatro. Cuatro solemnes gansadas, Artur, que a buen seguro sirvieron para que Tarragona no albergue hoy la sede mundial del proyecto ITER, uno de los centros de investigación tecnológica más importantes del planeta.

Recuerda si no cómo imaginó Girauta el informe final del comité decisor: "Vandellòs se encuentra en la Comunidad Autónoma de Cataluña, una de las 17 en que está dividida España, el país más descentralizado de Europa y donde las CCAA ostentan la mayor parte de las competencias de gobierno. ERC, un partido secesionista que contará pronto con amplios poderes ejecutivos sobre un presupuesto de casi 20 millardos de euros, se muestra dispuesta a mantener desde el gobierno autonómico una campaña de reivindicación permanente de la soberanía de Cataluña; propósito desestabilizador en el que compite con los nacionalistas 'moderados' de CiU."

Venga, a por la quinta, Artur.

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