Cualquier tiempo pasado fue peor

José García Domínguez

Ser lo bastante viejo como para haber vivido la Transición en carne propia, que no en esas recreaciones edulcoradas de las que tanto se ha abusado en nuestra prensa oficiosa, le permite a uno certificar el contraste entre aquel tiempo político y el de ahora mismo. Y es que, cuando entonces, el cuidado exquisito de las formas por parte de todos, desde la derecha dura que se encarnaba en Alianza Popular hasta el Partido Comunista, era un rasgo consustancial de la vida pública. Al punto de que, haciendo un esfuerzo de memoria, cuesta trabajo recordar alguna salida de tono que se aproximase, siquiera de lejos, a lo que hoy es el pan nuestro de cada día. Ni Blas Piñar, diputado de Fuerza Nueva en vísperas del 23-F, provocó situación alguna de tensión que chocase con los principios hoy difuntos de la cortesía parlamentaria. Solo un leve roce verbal entre Carrillo y Fraga, apenas unas pocas frases en un cruce dialéctico, palabras que se podrían interpretar como evocadoras de la guerra civil, generó montañas de editoriales y de artículos de opinión llamando a recuperar el sosiego y el buen tono.

Incluso las toscas astracanadas del primer electo de Herri Batasuna que ocupó su escaño, el náutico Letamendía, luego célebre por su heroica huida en una barca de remo cuando lo de Tejero, no dejaban de constituir, vistas desde la perspectiva actual, melifluos pellizcos de monja. Así era la política institucional en aquella España tan idealizada. ¿Y cómo era la calle? Ah, en la calle había muertos a diario. Algo, los rutinarios asesinatos cotidianos por motivos políticos, que estaba tan integrado en la normalidad que casi ni se hablaba de ellos, igual que no se habla del paisaje cuando resulta ser el mismo que se conoce desde la infancia. El día que no había un asesinato provocado por alguna de las dos armas de ETA era porque el crimen lo firmaban los Comandos Autónomos Anticapitalistas. Y si no, el Grapo. Pero es que al otro lado también estaba la camada negra, que igual reclamaba su cuota particular de sangre inocente. Por no hablar, en fin, de a los que en la época se les llamaba eufemísticamente incontrolados.

La Transición fue una muy cortés y educada carnicería. Hoy, en cambio, tras todo el ruido y la furia, ni un simple rasguño. Nada. Porque cualquier tiempo pasado fue peor.

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