Crimea

José García Domínguez

Si algún día remoto los europeos, tanto los que se dicen de izquierdas como sus iguales de la derecha, consiguieran curarse de su gozosa regresión a la infancia y despertasen de esa adánica quimera kantiana, la de la paz universal, acaso redescubrirían que la fuerza constituye el argumento único del orden mundial. Europa quiere olvidar en qué consiste la esencia misma del poder, algo que norteamericanos y rusos han dejado de tener presente nunca. Aunque nada más prosaico que la naturaleza del poder, esa optima capacidad de conseguir que los demás hagan lo que uno quiere y de evitar que hagan lo que ese mismo uno no quiere. Sin embargo, la Europa instalada en su fantasía posmoderna insiste en pretender que el ungüento balsámico del libre comercio obrará el prodigio de ladear a la violencia organizada en tanto que artífice del orden planetario.

Frente a ella, la Rusia eterna, una vocación imperial crónica presta a destinar el veinte por ciento del presupuesto a mantener un ejército de un millón de hombres, amén de un arsenal de misiles no convencionales que ya supera las dieciséis mil cabezas nucleares. El hermano pequeño de Peter Pan intentando plantar cara a Hobbes. Patético. Hoy toca, ya se sabe, derramar muy sentidas lágrimas de cocodrilo por el derecho internacional. Ese mismo derecho internacional que la OTAN, siempre obediente al mandato de Washington, se saltó en Kosovo sin el llanto aparente de ninguna plañidera de guardia. Y es que, mientras los últimos soldados españoles abandonaban la extinta Yugoslavia, en los mapas emergió la minúscula mancha soberana que se hace llamar Kosovo.

Recuérdese, gracias, entre otros, a la connivencia pasiva de nuestras fuerzas armadas, por entonces tropa invasora en aquella provincia de Serbia, la banda de criminales de guerra llamada UCHK pudo llevar a cabo una secesión ilegal en pleno corazón de Europa. Así, merced a la gran lucidez estratégica que nos guió en los Balcanes, se creó el precedente jurídico que habrá de legitimar la desmembración de España llegado el momento. Por cierto, una aséptica carnicería aerotansportada, la de Yugoslavia, para la que a Javier Solana no le hizo falta la bendición del Consejo de Seguridad de la ONU. Hoy le ha tocado a Crimea, pero fue algo antes, en vísperas de la invasión de Georgia, cuando cierta Elena Valenciano declamó la gran frase que la hará pasar a la Historia: "el buenismo es la línea estratégica del futuro en la política exterior mundial". Que santa Lucía le conserve la vista .

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