Método de la economía

Cosas que no se aprenden en dos tardes

José García Domínguez

Quizá lo más paradójico de la nueva escatología laica, ésa que acaba de emerger del baúl del eterno retorno coincidiendo con la megaestafa de los trileros del Wall Street y su tocomocho de las subprime, la que disimula bajo un manto de descreída posmodernidad el mismo terror irracional que retrató al milenarismo apocalíptico medieval, tal vez lo más inaudito de este pánico colectivo, digo, sea la coincidencia en idéntico error de partidarios y detractores del libre mercado a la hora de diagnosticar la enfermedad aparentemente terminal del sistema.

Así, todos, desde los ingenuos liberales doctrinarios a los nada cándidos demagogos de la Cátedra Pepiño Blanco y similares, se han empecinado en no tomar la muy elemental precaución epistemológica de distinguir entre modelo y realidad antes de publicitar sus ocurrencias y cabildeos. De ahí la infinita colección de melonadas que estos días nos toca oír a propósito de la crisis. Algo que obliga a recordar dos verdades de Perogrullo en relación a un saber del que, aquí, cualquier chisgarabís se atreve a sentar cátedra.

La primera. Que al tratarse la economía de un invento esencialmente anglosajón, su desarrollo formal ha estado condicionado por la repulsa intuitiva de esas gentes hacia la retórica y, en general, la vacua charlatanería tan cara a los latinos. En consecuencia, ingleses y austriacos obligaron a la nueva ciencia a hablar en el idioma de las matemáticas. Precavida normalización lingüística a la que debemos el que no haya caído todavía en manos de la legión de vendedores de crecepelo que siempre revolotea extramuros de sus ecuaciones.

Entérense de una vez, pues, nuestros castizos apóstoles del Apocalipsis financiero de qué querrá decir ese enigmático ceteris paribus que encabeza los desarrollos académicos. Y, ya puestos, busquen en Google qué significa eso otro, lo de la "asimetría de la información", y por qué tal arcano habría de suponer un "fallo del mercado".

Segundo. Que como no ignoran los que algo saben, el verdadero conocimiento jamás es ni evidente, ni intuitivo. Razón de que se imponga alejarse de la realidad con tal de poder comprenderla. Eso, a pesar de que aquel emperador del cuento de Borges que ordenó elaborar un mapa de China que representase exactamente cómo eran sus reinos siga contando con millones de seguidores en España.

Y es que sus entusiastas olvidan que cuando los cartógrafos imperiales lo desplegaron por el territorio, el autócrata y sus súbditos nunca más volvieron a ver el sol. El descomunal papiro reproducía con tal fidelidad la realidad que era inútil, peligrosamente inútil: extendido, cubría la superficie toda del Imperio.

Al cabo, aprehender la realidad impone ignorar mucho de lo que está presente en ella. Sólo así cabe ingeniar mapas útiles, modelos que no aspiran a representar el mundo, sino que dan forma a caricaturas, esquemas "irreales" que, gracias a su ficticia simplicidad, nos permiten orientarnos dentro del universo tangible.

Lástima que eso no se pueda entender en dos tardes.

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