Crisis europea

Contra la austeridad

José García Domínguez

El aceite de ricino de la austeridad es tan bueno para salir de la crisis que arrostra Europa que el tímido plan de Juncker para hacer justo lo contrario ya ha despertado el entusiasmo de todo el mundo, empezando por el Gobierno español, que acaba de anunciar su disposición a poner dinero en la idea. Y es que la de la austeridad no dejó de constituir nunca una doctrina intrínsecamente necia por la evidencia de que el ajuste fiscal en los países deudores del Sur no dispusiese de ninguna alternativa plausible. Igual que seccionar un miembro al paciente con gangrena, la austeridad en tiempos de recesión puede resultar necesaria y acaso inevitable, pero jamás se podrá decir de ella que devenga deseable a fin de reactivar el crecimiento.

Y ello por culpa de unos misteriosos personajes llamados multiplicadores fiscales. Misteriosos porque, a ciencia cierta, nadie los acaba de conocer del todo. Así, millones de europeos, españoles incluidos, han perdido sus empleos en los últimos tres años por la infinita torpeza de los expertos de Bruselas a la hora de estimar su tamaño. Millones de europeos, españoles incluidos, vagan ociosos por las calles en horario laboral porque algún cabeza de huevo dictaminó que el multiplicador de la sacrosanta austeridad valía 0,5. Pero resulta que su tamaño real era de más del triple, en concreto, de 1,7. Traducción al castellano: por cada euro que dejase de gastar el Estado merced a la austeridad, Bruselas calculó que el PIB solo caería en unos cincuenta céntimos.

No tenían ni idea, ahora lo sabemos, del asunto. Porque la desoladora evidencia empírica indica que, por cada euro ahorrado por el Estado, el valor de la producción anual de bienes y servicios de los países desarrollados se contrae en promedio 1,7 euros. Millones de existencias frustradas, españolas incluidas, por la muy irritante razón de que unos cuantos eurócratas tienen serios problemas con la aritmética elemental. Triste incompetencia matemática, la del establishment comunitario, que en España ya ha engendrado un hijo bastardo llamado Podemos. El plan de Juncker, sí, apenas supondrá una minúscula gota en el océano. Pero, más allá de su notorio canijismo cuantitativo, representa el certificado de defunción intelectual del dogma de la austeridad en Europa. Bienvenido sea, pues.

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