Contra el cuento regeneracionista

José García Domínguez

Érase una vez un país donde los nativos moraban dichosos y confiados en el porvenir. Los empresarios, despiertos, audaces, innovadores y creativos como pocos, se desvivían noche y día por aumentar la eficiencia competitiva de sus negocios, rehusando por norma la ominosa sombra protectora de la Administración y las siempre innumeras vías de comerciar con el favor político. Los trabajadores, en extremo despiertos, disciplinados y laboriosos, asombraban al mundo por su pericia sin igual en todos los oficios y ramas de la producción. Las universidades, tanto las públicas como las privadas, descollaban por su ingente labor investigadora, empeño obsesivo, el de sus instituciones académicas, que exoneraba al país del despilfarro de recursos siempre escasos en el abono de onerosos derechos de patente a terceros.

Los periodistas y creadores de opinión, cultísimos y tan en extremo independientes como incorruptibles, jamás concedían incurrir en la zafiedad del amarillismo; mucho menos, huelga decir, en la grosera manipulación sectaria al servicio de algún partido o facción. Los votantes, en fin, siempre alerta y vigilantes del recto proceder de sus electos, castigaban la menor sombra de incompetencia o gestión irregular con el ostracismo en las urnas. Así las cosas, a nadie extrañaba que el PIB del país gozoso no cesara de crecer y crecer, el empleo se multiplicarse al modo de los panes y los peces en el célebre prodigio bíblico, y que la inversión, igual la doméstica que la foránea, anduviese a la par. Pero un día aciago los políticos, que eran todos muy malos, muy resentidos y muy envidiosos, se conjuraron entre ellos al corporativo modo para que aquella arcadia paradisíaca viera truncado su muy radiante destino.

Ocurrió allá por 2008, cuando, por primera vez en la historia del país feliz, concejales, alcaldes y otros electos varios dieron en reclamar coimas a cambio de licencias y contratas, exótica iniquidad ignorada hasta la fecha incluso por los más ancianos pobladores del lugar. De tal guisa fue como los viles politicastros conchabados en inconfesable sindicato lograron arruinar al país feliz. Desde entonces, desdicha, fatalismo y abatimiento se enseñorearon del lugar. Y así, entre negras sombras, fueron transcurriendo los días y los años hasta que una luminosa mañana los habitantes descubrieron súbitamente el remedio de sus penas. Pues si los malos eran los políticos, cavilaron que bastaría con sustituirlos por otros que fueran buenos y asunto resuelto. "Regeneración democrática" acordaron bautizar a tan clarividente genialidad colectiva. Y colorín, colorado…  

A continuación