Confinar a los antivacunas

José García Domínguez

El Gobierno de Austria acaba de tomar la muy sensata decisión de confinar en sus domicilios particulares a todos los desinformados, majaderos, conspiranoicos, hipocondríacos o simples tontos, que de todo hay en la viña de los antivacunas, que no quieren inmunizarse frente al virus, reclusión de la que solo podrán salir para acudir al trabajo o para estudiar. Nada, pues, de ir de tiendas, de copas, de discotecas, de gimnasios o de simple paseo. Medida, la de los austriacos, valiente y merecedora de ser imitada cuanto antes, ya mismo, en el resto de Europa. A ser posible, empezando por España.

dosis-pfizer-vacuna-coronavirus-28052021.jpgAustria restringe la movilidad de las personas no vacunadas contra la covid-19

Porque, siendo tan difícil, se ha demostrado que era posible combatir una epidemia viral de dimensiones bíblicas con eficacia. Lo que no resulta factible, sin embargo, y ni en Austria ni en ninguna otra parte, es luchar a un tiempo contra una epidemia vírica de origen animal, y contra otra epidemia de irracionalidad extrema, la última de origen patológico. El derecho a vivir mentalmente en la Alta Edad Media acaso merezca entre nosotros la preceptiva protección jurídica propia de un orden jurídico liberal y democrático que ampara casi cualquier tipo de extravagancia individual por disparatada que se antoje.

Pero cuando ese derecho entra en colisión con otro derecho superior, el de la efectiva garantía y protección de la salud pública a cargo del Estado, su ejercicio se puede y se debe poner entre paréntesis. ¿O qué sentido tiene, entonces, que, y desde hace ya bastante más de un siglo, existan leyes de vacunación obligatoria —como la británica contra la viruela, que data de 1853— mientras se postula como inatacable la cerrazón de los que no se inmunizan frente al covid? Hemos, tras grandes esfuerzos e ingentes inversiones de dinero, encontrado la manera de acabar con la pandemia. Lo que no hemos encontrado todavía es la manera de acabar con la estupidez humana. Y como se antoja harto improbable que lo logremos a corto plazo, la única vía para finalizar cuanto antes este definitivo desastre planetario pasa por suprimir, siquiera temporalmente, nuestra temeraria tolerancia para con los antivacunas. Porque la libertad de un imbécil no es más sagrada que el derecho a la vida de la próxima víctima del covid. Emulemos, y cuanto antes, a Austria.

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