Barcelona

Coelho, Saramago y el Fòrum

José García Domínguez
Paulo Coelho y José Saramago no lo saben, pero dentro de una semana van a pisar el escenario en el que se desarrolló la historia de la que podrían sacar el argumento para escribir la gran novela sobre la miseria del alma humana con la que todo novelista siempre sueña. A los dos los ha contratado el Fòrum, y tampoco deben sospechar para qué. Seguramente sea para que le expliquen en qué consiste la “nueva cultura del agua” a la madre de esos dos retoños a la que la organización hubo de requisar el botellín de Font Vella que pretendía introducir en el recinto el día de la inauguración. Lo más probable es que pasen sus minutas a la ciudad de los prodigios por eso, o por algo del estilo, y que luego salgan de Sant Adrià del Besós para no volver nunca. Que dejen escapar el relato que jamás serán capaces de inventar. El que se gestó ahí, en los terrenos del Fòrum, en Diagonal Mar. En el que fuera el rincón más mísero de los arrabales de Barcelona y ahora alberga la milla de oro de la ciudad.
 
En la capital planetaria del diálogo, la cultura, la cultureta y la libertad de prensa, todos tienen noticia del asunto. Por eso, no hizo falta que ningún periódico local se tomase la fatiga de publicar los hechos. Ocurrió poco después de que Joan Carles I, entonces Juan Carlos, presidiera las mejores Olimpiadas de la Historia de aquel año. Por esas fechas, un deficiente mental que solía mendigar en el Turó Park, el jardín que oxigena los barrios altos de Barcelona, vagaba perdido y asustado por el centro de la capital de Venezuela, Caracas, tras haberse vestido con ropa de marca y de atravesar el Atlántico en un avión ostensiblemente adornado con joyas de lujo.
 
Tuvo suerte. Lo asaltaron y le dieron una paliza, pero en las calles de Caracas no lo mataron, como sería de prever. Localizado y devuelto a casa por la embajada, aquel pobre trastornado explicaría que un señor de Barcelona le había dado dinero, ropa y complementos, después de hacerle firmar unos impresos. Así se supo que él era el único accionista de PFM, S.L., sociedad financiera e inmobiliaria cuya administradora resultó ser una inmigrante sin papeles.
 
Otro emprendedor, Joan Rosillo, se había cruzado en sus vidas unos meses antes. Rosillo, gran amigo de Josep Pujol, hijo del político con el que comparte apellido, tuvo la idea de promover Diagonal Mar. De él surgió la iniciativa de urbanizar aquel erial perdido entre Barcelona y La Mina, el gueto en el que naciera El Vaquilla. Rosillo, hombre de suerte, acertó de pleno en su decisión. Al poco de atar los terrenos, la zona resultaría elegida para acoger las instalaciones del Foro Mundial de Las Culturas. Y por si eso fuera poco, le cayó además la fortuna de que la empresa del disminuido y la sin papeles se prestara a cargar con las plusvalías fiscales de la operación.
 
Coelho y Saramago no lo saben, pero en la ciudad de los prodigios la gran literatura –el realismo mágico– siempre ha sido cosa de concejales y promotores inmobiliarios. Por eso, creo que no sería útil para nadie explicarles esa historia. Pensándolo bien, mejor haremos encargándoles que desde la altura del estrado se ocupen de vigilar que ningún visitante se cuele en los debates con bocadillo o botellín no comprados dentro del parque temático. Que para algo cobran.
 
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