Educación

Clásicos de la desidia hispana

José García Domínguez

Tal vez porque el hombre es animal de costumbres, hay clásicos de la desidia hispana que nunca fallan cada inicio de septiembre. Es sabido, llegando estas fechas, la gente da en engañarse con un carrusel recurrente de intenciones beneméritas. Proclaman ufanos que, esta vez sí, van a tomarse en serio lo del inglés; juran que dejarán de fumar a partir de la semana que viene; o vaticinan, exultantes, que mañana mismo pasarán a matricularse en el gimnasio. Después, huelga decirlo, nada hacen. Y así van tirando hasta el siguiente final del verano, cuando, puntuales, vuelvan a escenificar ese ritual ancestral.

En la política ocurre otro tanto de lo mismo. Gran tradición estacional es la de los partidos expresando en las Cortes su sentida preocupación por nuestro sistema educativo. Alcanzado este punto del calendario, a derecha e izquierda echan urgente mano, pues, del célebre Diccionario de lugares comunes de Flaubert. Así, armado de impostada euforia el Bouvard del PSOE anuncia entonces que el Gobierno piensa realizar un "enorme esfuerzo" a fin de multiplicar los "recursos pedagógicos", con muy especial atención a dotar de todo tipo de juguetes informáticos y gadgets electrónicos de última generación a los escolares.

Cantinela a la que el anodino Pécuchet del PP replicará con otra filípica no menos rutinaria: la de la eventual pertinencia de introducir alguna disciplina mínima, muy mínima, en las aulas. Y hasta el siguiente inicio de curso, cuando, desganados, habrán de volver a representar, siempre idéntica, la misma liturgia. De ahí que los de Rajoy, tras cooperar con su silencio medroso a que la Universidad se haya convertido en otra guardería de eternos lactantes a imagen de lo que ya ocurriera con los institutos, salgan, justo ahora, con la gran idea de suscribir un "pacto educativo". A buenas horas, mangas verdes.

Al tiempo, en fin, pedagogos, tertulianos y demás arbitristas de ocasión darán en buscar, igual que cada año, el arcano que esconden las aulas asiáticas. Eso sí, sin caer en que un niño japonés carga con cinco veces más tareas escolares por semana que uno español, dispone de sesenta días más de clase al año y ha de superar exámenes –de los de verdad– casi desde la guardería. Más nadie se inquiete: a no tardar, en octubre, ya todos se habrán olvidado del asunto. Otra vez.
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