Ciudadanos y el régimen andaluz

José García Domínguez

En Andalucía va a gobernar el partido que obtuvo más votos en las elecciones, circunstancia que parece suscitar algún escándalo en cierta opinión. Quizá alguien esperaba que fuese investida la señora de Podemos, que quedó tercera en el cómputo final de las papeletas. O el señor Bonilla, del PP, que terminó segundo a muy notable distancia de su predecesora. Pero, por una extravagancia propia del régimen político andaluz, acabará ocupando la Presidencia la señora Díaz, que resultó ser la primera. Y es que el régimen vigente en Andalucía responde por el nombre de democracia. Y en los regímenes democráticos suele ser costumbre que mande el que gana; sobre todo, cuando ninguna hipótesis alternativa se compadece con las más elementales reglas de la aritmética parlamentaria.

De ahí, de su condición de democracia plena, el que Andalucía, al igual que la villa de Madrid, la comarca de Betanzos o la isla de Cabrera, disfrute de la condición de miembro de pleno derecho de la Unión Europea, el club más exquisitamente democrático del planeta. Andalucía y el estado de Baviera, territorio autónomo alemán donde un mismo partido, la Unión Social Cristiana, ha venido disfrutando del poder durante más de medio siglo sin interrupción alguna, se rigen pues por idéntico régimen político: el derivado del sufragio universal en su variante parlamentaria. Guste o no, es lo que hay. Así las cosas, a Ciudadanos, el cuarto en discordia, le restaban dos únicas alternativas: dejarse llevar por la alegre frivolidad de repetir las elecciones andaluzas, escapismo efectista que hubiese depositado la mayoría absoluta a los pies del PSOE, o ejercer de lo que da sentido a su misma existencia, esto es, obrar como un partido llamado a impulsar la regeneración del sistema desde el interior del sistema, no desde estériles fundamentalismos testimoniales.

Quienes en alguna fantasía febril hayan confundido a Ciudadanos con un sucedáneo castizo del Tea Party, histriónica banda de irresponsables capaz de forzar la parálisis de las instituciones por mor de cualquier maximalismo doctrinario, que se lo hagan mirar, como dicen en Cataluña. Porque ni es el Tea Party ni tampoco el Partido Campesino de Polonia, una sigla manumitida y resignada a orbitar de por vida en la esfera de alguna gran organización nodriza. El que quiera marcas blancas que las busque en el Día, en Caprabo o en Mercadona. Y el que quiera que gobierne el PP que vote al PP y que no ande lloriqueando después por las esquinas porque Juan Marín se comporta como si no fuese un empleado de Genova 13. ¿Verdad que es sencillo? Pues a ver si lo entendemos de una vez.

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