PSOE

Cien años de amnesia

José García Domínguez
"Mañana vendrá el compañero Isidro a Barcelona" me reveló emocionado un dirigente local. Recuerdo que fue una tarde de invierno, allá por 1976. Al día siguiente quien apareció fue Mister X embutido en un traje de pana verde. Él jamás había utilizado el alias "Isidro" (gastó otro parecido) durante sus correrías bajo la complaciente mirada de los servios secretos de Carrero Blanco. Pero los veteranos del partido, es decir, los que llevaban ya casi medio año afiliados a aquella organización surgida de la nada recordaban que ése era su "nombre de guerra". E Isidro aún lo debe creer hoy.
 
En aquel entonces, la legión de luchadores antifascistas, asimismo emergida de la nada, ansiaba perentoriamente labrarse un pasado. Tanto, que acabó por creerse la memoria postiza que hubo de fabricar a toda prisa durante la transición. Así, terminaron sinceramente persuadidos de la existencia real de los míticos isidros. Del mismo modo que ahora reviven con sentida nostalgia una oposición democrática al franquismo más imaginaria aún que el mismo tocayo del santo.
 
Rodríguez también participa de esa fantasía generacional. Porque igual que el resto de los suyos, se abstuvo prudentemente de rechistar ni pío en los dos telediarios que le quedaban al franquismo que conoció. Si lo hubiese pretendido, que no fue el caso, habría descubierto que la mitad del PSOE actual se entretenía entonces marcando el paso con "los otros" junto a Pepe, el de la tienda. Mientras que la restante sólo acertaba a combatir con la antena portátil de una tele en blanco y negro que emitía Galas del sábado. Y si Toro, el Chino, Trashorras y la peña del Manolón no lo hubiesen llevado a la Moncloa, su alucinación únicamente constituiría otro expediente más de adolescencia mal superada. Pero lo llevaron.
 
Los cuatro gatos contados que sí se enfrentaron a Franco eran comunistas. Y lo hicieron no por la democracia, sino contra ella. Por eso, siempre la nombraban añadiendo un adjetivo descalificativo. Aquí se combatió la libertad y el sufragio universal colgándole a la democracia todos los apellidos ignominiosos que daba de sí el diccionario: formal, falsa, burguesa, capitalista, indirecta... "Asquerosa" significaban siempre. A pesar de ello, Rodríguez busca imperiosamente convertir en propio el pasado liberticida de los nietos castizos de Stalin. Sólo el de los nietos. Porque el de los hijos, el de Largo Caballero y Negrín, el de las checas y las patrullas del amanecer, ése sí es legítimamente suyo y no se lo podrá disputar nadie.
 
El caso es que en pleno siglo XXI, los socialistas continúan loando a los unos y ofendiendo a "los otros". Y lo hacen porque les resulta vital eludir cualquier examen histórico serio sobre su pasado; el real, el de verdad. Mantener el monopolio de la hiperlegitimidad depende de eso. De que la película de los isidros siga viva en las mentes de todos los simones. Y de que la realidad de los Largo Caballero y Negrín continúe muerta en el recuerdo de los unos y de los mismos. "Cien años de amnesia". ¿No era eso lo que prometía aquel cartel del 77 con el que se presentó Isidro en sociedad?
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